Y después de media vida sólo cuelgan del perchero: los amigos que hice un día e intento cuidar con esmero, la experiencia ya aprendida desde primer día de enero, los atajos y excepciones que aprendí de compañeros, pues quiero llegar a tiempo mas odio llegar el primero..., que en la cara me dé el viento y disfrutar del sendero, la gente que me rodea y algún día me dijo: ¡Te quiero!, aquellas botellas que abrimos en medio de abrazos sinceros, las canciones de Sabina, su "Pacto entre caballeros", el girar por una esquina y verte tu cara de nuevo, el cariño de mi madre, mi mujer y su denuedo, mi hija con esa "clase", mi hijo, ese fistro torpedo, los niños que un día fuimos, los viejos que un día seremos, aquellas pelis que vimos donde ganaban los buenos, el que en tiempos malos vino y nunca me puso un "pero", los que cogen el destino y le echan un par de huevos, se ponen su traje de luces y se bajan raudo al ruedo, dispuestos a ser felices sin tenerles miedo al miedo... Y a los pies de ese perchero, pues es que tirarlo no puedo, ese balón deshinchado allí en una esquina, en el suelo, y la cara de mi hijo saltando sobre mí, al vuelo cuando le decía: ¿Canijo, me chutas y yo de portero?

