Ocho de la mañana, uno con veinte en el plato, el mendigo mira al cielo, se incorpora aún con ganas, le peina a Sultán el pelo y bebe el café barato. En la puerta de la escuela, un Jaguar para deprisa y un niño baja del coche. Aún en la duermevela, baja sin una sonrisa y esconde su cara en la noche. Ayer con mucha cautela vió desde la cornisa a su padre hecho un fantoche y a su madre con dos muelas por el suelo hechas trizas: su impotencia es un derroche. El mendigo abre su lata y escoge una buena colilla. Prende al pasar por su barba su penúltima cerilla y hace una O en el aire con Sultán en las rodillas. Es domingo, compañero, le dice dándole un beso, y aunque estemos sin dinero, yo no miento, ¿non è vero ?: Hoy tendrás un noble hueso pues tú eres lo primero. Son las ocho de la tarde. y sale de la oficina un hombre con mucha clase vistiendo con gabardina. Se lleva la mano al pecho, ha vuelto el conato de infarto y se apoya en una esquina. El dinero que le ensalza, el estrés que le asesina, echa cien euros al plato, que para él son propina, envidia a mendigo y a perro y al amor que se destilan. El mendigo mira a Sultán y este asiente poco a poco. ¿Quién es más loco al final, en este mundo de locos?


