
Era una extraña pareja, como de esas que no pegan. Mas al final la madeja se hilvanó sin una queja y casi cuarenta años llevan. Ella era atenta e inquieta, constante organizadora, nunca paraba quieta..., siempre urdía sin demora, y mandaba a hacer puñetas cualquier descanso entre horas. El era un tipo callado que lo dio todo de joven, y ahora andaba retirado como el sordo de Beethoven. Dispuesto, currante, calmado no quiere que le joroben. Supongo que muy al principio tendrían sus más y sus menos, y al borde del precipicio, cuesta bajo y sin frenos, siempre encontraron resquicios y diez mil momentos buenos. Después de tanto tiempo, con los niños ya criados, él la llama, no te miento, parece que no estén casados... ¡Pásalo bien y no llores!, me hice una sopa caliente, vi que cogiste el de flores que te queda más decente, la chaqueta no demores que luego hace mucho relente. ¡Pásalo bien, no me añores, disfruta con esa gente!, ¡y diles a esos señores que vernos está pendiente! Son de esa clase de amores que nos dejó el siglo veinte.


