El Viejo y el Bar (a Hemingway, que estuvo en todos)

 Abrí la puerta del bar…
 el viejo estaba en la barra.
 Al fondo podía escuchar
 acordes de una guitarra.
 
 Cogí una silla a su lado,
 hice un gesto al camarero,
 y cuando me hube girado
 ya lo habían invitado
 pues nunca llevaba dinero.
 
 ¡Me llamo Ernest!, me dijo;
 ¿Eres nuevo por aquí?
 Yo vengo todas las noches
 y nunca jamás yo te vi.
 Perdón si te he molestado
 pero te sentaste a mi lado
 y yo es que siempre fui así.
 
 ¡Para nada!, ¡Por favor!
 Aún no me he presentado,
 ¡Discúlpeme Ud. Señor!,
 siempre fui un maleducado,
 y no es la primera ocasión
 en que esto me ha pasado.
 Y aquella conversación
 comenzó de este calado.
 
 Junto al viejo me quedé,
 su compañía me agradaba,
 cuando llegó mi cerveza
 el concierto comenzaba,
 tocaban algunas piezas,
 muchas de ellas me sonaban.
 
 Al poco me giré, y
 fui a preguntarle al viejo.
 No recuerdo bien el qué,
 si lo dijera te miento.
 Y él me dijo muy cortés
 con un gesto siempre lento:
 
 Este es mi primer consejo…
 Estés dondequiera que estés,
 disfruta siempre el momento.
 Y él se girò para ver
 aquel grupo y su concierto.
 
 El camarero volvió
 a servirle otra cerveza,
 pero él la rechazó
 con un ademán amable,
 de aquel al que en otros tiempos
 no le mandaba nadie.
 Gracias Germán, contestó,
 por hoy ya tengo bastante.
 
 Y no volví a verlo más
 hasta hace unos pocos días,
 en que volví un rato al Dickens,
 harto de monotonía,
 pues no encontraba a mi chica,
 por ver si allí la veía.

 Y allí lo encontré de nuevo
 sentado en el mismo sitio.
 Parecía tenerle apego
 a la barra y a su alivio.

 ¡Hola!, me dijo sin más.
 ¡Quédate aquí a mi lado!
 Me queda aún media cerveza,
 tu presencia es de mi agrado.
 
 Y allí charlamos los dos
 como dos viejos amigos,
 yo con mi gorra de lana.
 él sin quitarse su abrigo.
 
 Ernest me contó su historia
 cruel, dura y amarga,
 Germán le ofreció otra birra,
 Ernest volvió a rechazarla.
 Después de contarme su vida,
 me pareció cosa bien rara
 que siempre llevara encima
 una sonrisa en su cara.

 Este, querido amigo,
 es mi segundo consejo.
 Relativiza te digo
 si quieres llegar a viejo. 
 
 Al cabo de unas semanas
 volví al Dickens a buscarlo,
 pues la verdad tenía ganas
 y me apetecía escucharlo.
 
 No lo encontré en la barra
 y le pregunté a Germán,
 que afinaba las guitarras
 tomándose un pacharán,
 pues era en aquél barco de marras,
 el que suelta las amarras
 el grumete y el capitán.
 
 No ha venido últimamente
 algo le habrá pasado.
 Ernest es de esa gente
 que si fuera a estar ausente
 siempre me hubiera avisado.
 
 Lo conocí hace tiempo
 después de lo de su mujer
 y los días en el hospital.
 Era y lo sigue siendo
 un tipo raro de ver
 sano, sencillo y formal.
 
 Al tiempo empezó a venir…
 Siempre en la misma esquina
 apoya su codo y escucha.
 Siempre una sola cerveza
 es lo que viene a pedir.
 Lucha con su tristeza,
 y no la deja salir
 debiendo ser ésta mucha.
 
 A mi no me da guerra ninguna,
 y solo por una jarra
 y un platillo de aceitunas,
 Ernest da clase a mi barra
 escuchando las guitarras
 hasta eso de la una.

 La gente ya lo conoce.
 No tuvo nunca un mal roce
 con la parroquia del Dickens.
 Si se ausenta unos días
 la gente por él me pregunta,
 y me piden que les explique
 dónde está el que en la punta
 de la barra da el palique. 
 
 Igual que hoy has hecho tú,
 cuando no lo viste a tu vera.
 Y tendrías que saber
 que Ernest volverá…
 en el momento que él quiera.
 
 Y no volví a verlo más
 hasta anoche a las doce,
 cuando allí en el Dickens solo
 sentí algo como un roce
 a la altura de mi codo,
 y al girarme sentí un goce
 y me alegré de tal modo,
 que en medio de las voces
 en un abrazo le di todo.
 
 Tenía su rostro cambiado
 era como menos viejo,
 y en cuanto me hube sentado
 y sin haberle preguntado
 me dio su tercer consejo.
 Hugo, me dijo de pronto,
 sin que me diera yo cuenta:
 ¡Que tu presencia se note
 y que tu ausencia se sienta!
 
 Estuve fuera algún tiempo
 por resolver un asunto;
 por fin soplan nuevos vientos
 y hoy brindaremos juntos.

 Germán pon aquí tres copas,
 y brindaremos de veras,
 y voy a pagarte las otras
 por fin moneda a moneda.
 
 Y poniendo novecientos
 en billetes en la mesa,
 yo me quedé asombrado,
 Germán se quedó de una pieza.

 Por fin me pagaron un juicio
 y voy a pagarte Germán.
 La usura no fue mi vicio
 y yo pago lo que me dan.

 Gracias por mi reservado
 tu nobleza y mejor trato.
 En estos tiempos pasados
 aquí tuve buenos ratos.

 Germán fue a protestar,
 su mano apuntando hacia arriba;
 pero Ernest le paró:
 ¡Por favor, no más diatribas!
 Estando entre caballeros,
 amigos, ¡Nobleza obliga!
 
 De eso un mes ha pasado,
 y de noche me despierto
 nervioso y algo sudado,
 pensando en si a mi amigo 
 algo le habrá pasado. 
 
 Y rezo porque muy pronto
 la puerta del Dickens cruce,
 y a los que estamos al fondo
 nos proyecte algo de luces.

 Le daré un abrazo fuerte, 
 un beso y un apretón.
 Y allí en la barra del bar
 me adelantaré a Germán.
 Y gritando con un par
 diré ¡Esta la pago yo!
 

 

 

Deja un comentario