Abrí la puerta del bar… el viejo estaba en la barra. Al fondo podía escuchar acordes de una guitarra. Cogí una silla a su lado, hice un gesto al camarero, y cuando me hube girado ya lo habían invitado pues nunca llevaba dinero. ¡Me llamo Ernest!, me dijo; ¿Eres nuevo por aquí? Yo vengo todas las noches y nunca jamás yo te vi. Perdón si te he molestado pero te sentaste a mi lado y yo es que siempre fui así. ¡Para nada!, ¡Por favor! Aún no me he presentado, ¡Discúlpeme Ud. Señor!, siempre fui un maleducado, y no es la primera ocasión en que esto me ha pasado. Y aquella conversación comenzó de este calado. Junto al viejo me quedé, su compañía me agradaba, cuando llegó mi cerveza el concierto comenzaba, tocaban algunas piezas, muchas de ellas me sonaban. Al poco me giré, y fui a preguntarle al viejo. No recuerdo bien el qué, si lo dijera te miento. Y él me dijo muy cortés con un gesto siempre lento: Este es mi primer consejo… Estés dondequiera que estés, disfruta siempre el momento. Y él se girò para ver aquel grupo y su concierto. El camarero volvió a servirle otra cerveza, pero él la rechazó con un ademán amable, de aquel al que en otros tiempos no le mandaba nadie. Gracias Germán, contestó, por hoy ya tengo bastante. Y no volví a verlo más hasta hace unos pocos días, en que volví un rato al Dickens, harto de monotonía, pues no encontraba a mi chica, por ver si allí la veía. Y allí lo encontré de nuevo sentado en el mismo sitio. Parecía tenerle apego a la barra y a su alivio. ¡Hola!, me dijo sin más. ¡Quédate aquí a mi lado! Me queda aún media cerveza, tu presencia es de mi agrado. Y allí charlamos los dos como dos viejos amigos, yo con mi gorra de lana. él sin quitarse su abrigo. Ernest me contó su historia cruel, dura y amarga, Germán le ofreció otra birra, Ernest volvió a rechazarla. Después de contarme su vida, me pareció cosa bien rara que siempre llevara encima una sonrisa en su cara. Este, querido amigo, es mi segundo consejo. Relativiza te digo si quieres llegar a viejo. Al cabo de unas semanas volví al Dickens a buscarlo, pues la verdad tenía ganas y me apetecía escucharlo. No lo encontré en la barra y le pregunté a Germán, que afinaba las guitarras tomándose un pacharán, pues era en aquél barco de marras, el que suelta las amarras el grumete y el capitán. No ha venido últimamente algo le habrá pasado. Ernest es de esa gente que si fuera a estar ausente siempre me hubiera avisado. Lo conocí hace tiempo después de lo de su mujer y los días en el hospital. Era y lo sigue siendo un tipo raro de ver sano, sencillo y formal. Al tiempo empezó a venir… Siempre en la misma esquina apoya su codo y escucha. Siempre una sola cerveza es lo que viene a pedir. Lucha con su tristeza, y no la deja salir debiendo ser ésta mucha. A mi no me da guerra ninguna, y solo por una jarra y un platillo de aceitunas, Ernest da clase a mi barra escuchando las guitarras hasta eso de la una. La gente ya lo conoce. No tuvo nunca un mal roce con la parroquia del Dickens. Si se ausenta unos días la gente por él me pregunta, y me piden que les explique dónde está el que en la punta de la barra da el palique. Igual que hoy has hecho tú, cuando no lo viste a tu vera. Y tendrías que saber que Ernest volverá… en el momento que él quiera. Y no volví a verlo más hasta anoche a las doce, cuando allí en el Dickens solo sentí algo como un roce a la altura de mi codo, y al girarme sentí un goce y me alegré de tal modo, que en medio de las voces en un abrazo le di todo. Tenía su rostro cambiado era como menos viejo, y en cuanto me hube sentado y sin haberle preguntado me dio su tercer consejo. Hugo, me dijo de pronto, sin que me diera yo cuenta: ¡Que tu presencia se note y que tu ausencia se sienta! Estuve fuera algún tiempo por resolver un asunto; por fin soplan nuevos vientos y hoy brindaremos juntos. Germán pon aquí tres copas, y brindaremos de veras, y voy a pagarte las otras por fin moneda a moneda. Y poniendo novecientos en billetes en la mesa, yo me quedé asombrado, Germán se quedó de una pieza. Por fin me pagaron un juicio y voy a pagarte Germán. La usura no fue mi vicio y yo pago lo que me dan. Gracias por mi reservado tu nobleza y mejor trato. En estos tiempos pasados aquí tuve buenos ratos. Germán fue a protestar, su mano apuntando hacia arriba; pero Ernest le paró: ¡Por favor, no más diatribas! Estando entre caballeros, amigos, ¡Nobleza obliga! De eso un mes ha pasado, y de noche me despierto nervioso y algo sudado, pensando en si a mi amigo algo le habrá pasado. Y rezo porque muy pronto la puerta del Dickens cruce, y a los que estamos al fondo nos proyecte algo de luces. Le daré un abrazo fuerte, un beso y un apretón. Y allí en la barra del bar me adelantaré a Germán. Y gritando con un par diré ¡Esta la pago yo!

