A mi abuelo Antonio (que sabía más que Ramón y Cajal juntos)

 Mi abuelo Antonio era un genio, 
 un genio de los de antes.
 Tenia unas manos enormes
 y le encantaba Cervantes.
 
 Una cara de buena persona,
 un bigote bien recortado
 y una sonrisa en su cara
 que le iba de lado a lado.
 
 Murió cuando yo era pequeño,
 no tendría más de doce,
 pero se me quedó grabado
 aunque él lo desconoce.
 
 Fue algo del corazón,
 que no le cabría en el pecho.
 El debía tener dos:
 el izquierdo y el derecho.
 
 Tuvo muchas profesiones
 y recorrió media España
 la huella de sus viajes
 es una tela de araña.
 
 Emprendía muchas cosas
 pero nunca tuvo suerte.
 Se caía y se levantaba.
 Mi abuelo era muy fuerte.
 
 Con mi abuela crió cinco hijos
 en la España de posguerra
 cuando el hambre era hambre
 y una peseta una perra.
 
 Cuando volvía del trabajo
 se daba un capricho mundano.
 No vi a nadie tan feliz
 con una cerveza en la mano.
 
 Se liaba los cigarros
 con aquellas grandes manos.
 El cigarro era un pitillo
 y los dedos, cinco habanos.
 
 Para no haber estudiado
 casi nada en el colegio,
 mi abuelo era muy culto,
 ese fue su privilegio.
 
 El Quijote se sabía 
 mejor que el propio Cervantes
 si hubiese tenido otro hijo
 le hubiera llamao Rocinante.
 
 Le encantaba el buen humor
 y tenía muy buenos puntos; 
 de él decían que sabía, más
 que Ramón y Cajal juntos.
 
 Yo nunca pude decirle
 lo que admiro su persona,
 ojalá si yo voy al cielo,
 me asignen la misma zona.
 
 Y le diré a don Antonio
 que aunque fue poco tiempo,
 recuerdo de él un cariño
 que siempre he llevado dentro.
 
 Y que aquel niño con pecas
 y con pinta de carajote,
 hoy lee, relee y sonríe 
 con su ejemplar del Quijote.
 

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