Mi abuelo Antonio era un genio, un genio de los de antes. Tenia unas manos enormes y le encantaba Cervantes. Una cara de buena persona, un bigote bien recortado y una sonrisa en su cara que le iba de lado a lado. Murió cuando yo era pequeño, no tendría más de doce, pero se me quedó grabado aunque él lo desconoce. Fue algo del corazón, que no le cabría en el pecho. El debía tener dos: el izquierdo y el derecho. Tuvo muchas profesiones y recorrió media España la huella de sus viajes es una tela de araña. Emprendía muchas cosas pero nunca tuvo suerte. Se caía y se levantaba. Mi abuelo era muy fuerte. Con mi abuela crió cinco hijos en la España de posguerra cuando el hambre era hambre y una peseta una perra. Cuando volvía del trabajo se daba un capricho mundano. No vi a nadie tan feliz con una cerveza en la mano. Se liaba los cigarros con aquellas grandes manos. El cigarro era un pitillo y los dedos, cinco habanos. Para no haber estudiado casi nada en el colegio, mi abuelo era muy culto, ese fue su privilegio. El Quijote se sabía mejor que el propio Cervantes si hubiese tenido otro hijo le hubiera llamao Rocinante. Le encantaba el buen humor y tenía muy buenos puntos; de él decían que sabía, más que Ramón y Cajal juntos. Yo nunca pude decirle lo que admiro su persona, ojalá si yo voy al cielo, me asignen la misma zona. Y le diré a don Antonio que aunque fue poco tiempo, recuerdo de él un cariño que siempre he llevado dentro. Y que aquel niño con pecas y con pinta de carajote, hoy lee, relee y sonríe con su ejemplar del Quijote.


