
Cuando cambió de colegio mi hija anduvo algo sola, subía con su porte regio, y haciendo como un sacrilegio se colocaba en la cola Y entonces hizo una amiga, debían de tener cinco años, hicieron muy buenas migas, no se han hecho nunca daño, y aquella amistad, qué fatiga, perdura como oro en paño. Me alegro, ¡Dios la bendiga y queden muchos peldaños! Alicia hace caso omiso de aquello que la dirija, encuentra el modo conciso de escapar por la rendija, el conejo anda sumiso, y no hay reloj que ya le aflija, pues firmó un fideicomiso antes que ella se lo exija. Arriba, en el tercer piso, tenemos nuestra otra hija. (Esto escribí de improviso, y que el tiempo lo colija).

