A Arturo Pérez-Reverte

A mitad del siglo veinte
y en tierras de Cartagena,
parieron a un niño prudente
con sal del mar en las venas,
que a resguardo del relente
leía un buen libro en la arena.

Bebió de Hergé, Quevedo,
Stevenson, Meville o Conrad.
Luego empezó con denuedo
a escribir bellas historias.
Es mucho placer el que debo, 
y yo soy un hombre de honra.

Yo envidio a los Mosqueteros, 
que se batían en camisa,
a aquel Capitán que persigue 
la ballena blanca aprisa;
pero más a Scaramouche, 
y su eterno don de la risa.

Estos ripios inmaduros
yo le envío a la Academia.
Sólo ¡Gracias!, don Arturo
ya sé que el tiempo le apremia.
No tengo Facebook, ni muro,
mas me atrevo, con la venia.

Puedo ver que, tras la espuma,
ya recogió todo el trapo.
En el regazo un buen Dumas,
dispuesto a pasar un gran rato.
Ya puede incendiarse la aldea,
y ya pueden tocar a rebato.

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