El Viento y el Hombre (o si tienes 7 minutos)

El viento mecía las ramas, 
llevaba tiempo viajando,
pensaba en poder anotar
lo que él fuera observando.

Hacía tiempo que quería
poder conocer a los hombres,
qué piensa el ser humano
y lo que su vida esconde.

Cruzó ciudades y pueblos,
pasó por bosques y arroyos,
paró en el cuarto del niño
buscando un punto de apoyo.

El niño aún es pequeño
y no se sabe el camino,
el tiempo le enseñará
muy tarde para qué vino.

Se cree que será eterno,
que siempre será un crío,
que siempre las mismas aguas
cruzan el mismo río.

Los meses pasan volando,
y los años, de igual forma,
irán moldeando su vida
sin regla y también sin norma. 

El libre albedrío, y el tiempo
de su existencia pasada
le dirán con claridad
que aún no sabe nada.

Que el misterio de la vida,
de este rato que aquí estamos,
es una partida de cartas
y nosotros la jugamos. 

Que aprendemos siempre tarde,
a fuerza de tropezones,
y que esta vida nos viene
sin manual de instrucciones. 

El viento tomó sus notas
y apuntó en su cuaderno:
¡El hombre, cuando es niño
cree que será eterno!

El viento siguió camino
sin rozarse con la gente
y no paró hasta encontrar
aquel chico adolescente.

Se fijó en su mirada,
su gesto de rebeldía,
y aquella resolución 
del que con todo podía.

Y vio que era el mismo niño
que había dejado en su cuarto,
que se había hecho mayor
y empezaba a estar ya harto.

Harto ya de sus padres,
harto de tanto bobo,
que no veía que a su edad
él lo sabía ya todo.

¿Qué iban a enseñarle a él,
que sabía más que la gente?,
como hemos sabido todos
de los quince hasta los veinte. 

El chico tenía una amiga
de labios color amapola
y empezaban a intimar
cuando quedaban a solas.

Iniciado en el amor,
la atención le había llamado
que siendo algo tan bonito
tuviera que ser ocultado.

Luego siguió a aquel chico
a una reunión de grupo
y que ellos le apreciaban,
eso enseguida lo supo. 

Vio que había un sentimiento
sano y bello de verdad,
y escuchó de ellos su nombre:
lo llamaban Amistad.

El viento no pudo apuntar;
pero anotó en su mente:
¡Qué triste sería la vida
si no hubiera adolescentes!

El viento dejó aquél grupo
del que no escuchó una queja,
y guardando su libreta
encontró a aquella pareja. 

Aquél era el mismo joven
que se había vuelto hombre.
Recordaba bien su cara
pero no sabía su nombre. 

Y se puso allí a escuchar
lo que él a ella decía,
viendo que aquellas palabras
del corazón le salían.

Si hoy supiera seguro
que mañana no te viera,
te diría que te quiero
mi querida compañera.

No tardaría ni un minuto.
no juzgaría que lo sabes,
y no dejaría de decirte
que sin ti nada me vale. 

A la orilla de una playa
me voy a sentar un día,
a repasar muy tranquilo
cómo me ha ido la vida.

Esta vida tan extraña,
bella y dura por igual,
estas sombras y estas luces
que vienen sin manual.

Quisiera hacerlo a tu lado,
si a ti eso no te molesta;
estaré allí frente al mar,
vente después de la siesta.

Tendré una botella de vino
muy frío, y un par de copas,
debajo de aquél espigón,
escondido entre las rocas.

Allí tumbados los dos,
repasaremos un poco
lo bien que lo hemos pasado
en este mundo tan loco.

Y tú, como Scaramouche,
traerás el don de la risa,
y yo miraré a tus ojos,
despacio, sin mucha prisa.

Repasaremos los años
que te has pasado a mi vera.
Mi amiga, mi hombro, mi piel,
mi más grande compañera.

Después volveremos a casa
los dos por la orilla andando.
Pisando la arena fría
nos estaremos besando.

Y yo estaré ya tranquilo
de habértelo dicho todo:
que yo no hubiera podido
sin tenerte codo con codo.

Que fue para mi un regalo
caminar este sendero
con la mejor compañía
que hubo en el mundo entero.

El viento tomó sus notas
y comenzó a releer:
¡La voluntad de un hombre
pertenece a una mujer!

Y el viento siguió volando,
pensando con algo de pena,
que quizás el ser humano
no mereciera condena. 

Paró un rato a descansar,
repasando anotaciones,
remontó dispuesto a volar, 
a buscar más sensaciones.

Entró en un edificio,
subió en el ascensor,
y se coló en una casa
cuando entraba aquel señor. 

El señor era el mismo
que un día a su amada hablaba,
pero ya finas arrugas
a su cara le asomaban.

Estaba algo cansado,
se le notaba enseguida
que ese hombre portaba
con el baúl de la vida.

De pagar todas sus deudas
y educar a sus hijos
se estaba haciendo viejo
rápido, a plazo fijo.

Era la época que toca
trabajar siempre a destajo,
alimentar muchas bocas
y aguantar en el trabajo. 

La mitad del camino,
el mirar hacia atrás,
y el coger mucho impulso
para la otra mitad.

El viento se sentó
y anotó allí en seguida:
¡Qué reglas más extrañas
que tiene esta partida!

El viento lloró
como nunca hasta entonces;
asombrado quedó
de la fuerza del hombre. 

Y siguió sin parar
durante una semana
hasta irse a postrar
a los pies de una cama.

Y vio a una mujer 
con la cara cansada
y vio que un rostro
a su lado lloraba.

Y reconoció al hombre
que había estado siguiendo
y entendió que de alguien
se estaba despidiendo.

Entendió que su madre
era aquella persona,
la que nada te pide
y quien todo perdona.

Y el amor de una madre
no pide a cambio nada.
Qué gran sacrificio
que nunca se paga.

Y dejó al hombre allí
pues entendía que sobraba,
y que no tenía derecho
a saber de qué hablaban.

Pero vio una mirada
que algo puro decía
en aquel hombrecillo
que hacía tiempo seguía. 

Y anotó en su cuaderno
todavía asombrado:
¡No olvides el cariño
que tus padres te han dado! 

Le estaba cogiendo 
cariño a aquel hombre,
y el viento siguió,
no sabia hacia donde.

Y no lo vio más
hasta pasado algún tiempo,
y aunque no se lo crean
ese día lloró el viento.

Pues el hombre era…
más que un hombre, un anciano,
que andaba despacio
con un bastón en las manos.

Se apoyó en un banco
con las manos temblando,
y se quedó allí sentado 
a un frío mármol mirando.

Era en un cementerio
y el viento supo enseguida,
que allí estaba un amigo 
de los de toda la vida.

El anciano llevaba
en su mano una foto,
que sacó de su abrigo,
con un marco muy roto.

La dejó allí tumbada
y se fue cojeando,
mientras viejos recuerdos
le iban retornando.

Y entre lágrima y lágrima
se abrochó la camisa
recordando a su amigo
y su eterna sonrisa.

Se alejó del lugar
con la paz más profunda
del que haya ido nunca
a visitar una tumba.

Pues sabía que su amigo
los había abandonado
con la paz absoluta 
del que ha disfrutado. 

Y el viento apuntó 
con un trazo muy fino:
¡No importa la meta,
disfruta el camino!

Y siguió al hombre a casa
y vio allí a su mujer
que se había vuelto anciana
aunque menos que él.

Y los vio salir juntos 
después de almorzar,
abrazados los dos
derechitos al mar.

Y sentarse en la orilla
como habían prometido,
con un vino por medio
a repasar lo vivido.

Y el viento se aleja
y los deja en la arena,
repasando su vida,
su alegría y sus penas.

Se para a distancia
y repasa sus notas,
y en la arena le caen
un par de gotas.

Y no está lloviendo,
son gotas saladas,
ha llegado el final
cuando no lo esperaba.

El viento es inmortal,
seguirá su camino,
y él y ella se irán
igual que vinimos.

Mereció la pena,
piensa ahora el viento,
seguir a mi amigo 
todo este tiempo.

Y ver sus sombras
y también sus luces,
la vida es un sendero
plagado de cruces.

Y el viento anota 
con trazo muy fuerte:
¡Descansa mi amigo,
fue un placer conocerte!

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