El viento mecía las ramas, llevaba tiempo viajando, pensaba en poder anotar lo que él fuera observando. Hacía tiempo que quería poder conocer a los hombres, qué piensa el ser humano y lo que su vida esconde. Cruzó ciudades y pueblos, pasó por bosques y arroyos, paró en el cuarto del niño buscando un punto de apoyo. El niño aún es pequeño y no se sabe el camino, el tiempo le enseñará muy tarde para qué vino. Se cree que será eterno, que siempre será un crío, que siempre las mismas aguas cruzan el mismo río. Los meses pasan volando, y los años, de igual forma, irán moldeando su vida sin regla y también sin norma. El libre albedrío, y el tiempo de su existencia pasada le dirán con claridad que aún no sabe nada. Que el misterio de la vida, de este rato que aquí estamos, es una partida de cartas y nosotros la jugamos. Que aprendemos siempre tarde, a fuerza de tropezones, y que esta vida nos viene sin manual de instrucciones. El viento tomó sus notas y apuntó en su cuaderno: ¡El hombre, cuando es niño cree que será eterno! El viento siguió camino sin rozarse con la gente y no paró hasta encontrar aquel chico adolescente. Se fijó en su mirada, su gesto de rebeldía, y aquella resolución del que con todo podía. Y vio que era el mismo niño que había dejado en su cuarto, que se había hecho mayor y empezaba a estar ya harto. Harto ya de sus padres, harto de tanto bobo, que no veía que a su edad él lo sabía ya todo. ¿Qué iban a enseñarle a él, que sabía más que la gente?, como hemos sabido todos de los quince hasta los veinte. El chico tenía una amiga de labios color amapola y empezaban a intimar cuando quedaban a solas. Iniciado en el amor, la atención le había llamado que siendo algo tan bonito tuviera que ser ocultado. Luego siguió a aquel chico a una reunión de grupo y que ellos le apreciaban, eso enseguida lo supo. Vio que había un sentimiento sano y bello de verdad, y escuchó de ellos su nombre: lo llamaban Amistad. El viento no pudo apuntar; pero anotó en su mente: ¡Qué triste sería la vida si no hubiera adolescentes! El viento dejó aquél grupo del que no escuchó una queja, y guardando su libreta encontró a aquella pareja. Aquél era el mismo joven que se había vuelto hombre. Recordaba bien su cara pero no sabía su nombre. Y se puso allí a escuchar lo que él a ella decía, viendo que aquellas palabras del corazón le salían. Si hoy supiera seguro que mañana no te viera, te diría que te quiero mi querida compañera. No tardaría ni un minuto. no juzgaría que lo sabes, y no dejaría de decirte que sin ti nada me vale. A la orilla de una playa me voy a sentar un día, a repasar muy tranquilo cómo me ha ido la vida. Esta vida tan extraña, bella y dura por igual, estas sombras y estas luces que vienen sin manual. Quisiera hacerlo a tu lado, si a ti eso no te molesta; estaré allí frente al mar, vente después de la siesta. Tendré una botella de vino muy frío, y un par de copas, debajo de aquél espigón, escondido entre las rocas. Allí tumbados los dos, repasaremos un poco lo bien que lo hemos pasado en este mundo tan loco. Y tú, como Scaramouche, traerás el don de la risa, y yo miraré a tus ojos, despacio, sin mucha prisa. Repasaremos los años que te has pasado a mi vera. Mi amiga, mi hombro, mi piel, mi más grande compañera. Después volveremos a casa los dos por la orilla andando. Pisando la arena fría nos estaremos besando. Y yo estaré ya tranquilo de habértelo dicho todo: que yo no hubiera podido sin tenerte codo con codo. Que fue para mi un regalo caminar este sendero con la mejor compañía que hubo en el mundo entero. El viento tomó sus notas y comenzó a releer: ¡La voluntad de un hombre pertenece a una mujer! Y el viento siguió volando, pensando con algo de pena, que quizás el ser humano no mereciera condena. Paró un rato a descansar, repasando anotaciones, remontó dispuesto a volar, a buscar más sensaciones. Entró en un edificio, subió en el ascensor, y se coló en una casa cuando entraba aquel señor. El señor era el mismo que un día a su amada hablaba, pero ya finas arrugas a su cara le asomaban. Estaba algo cansado, se le notaba enseguida que ese hombre portaba con el baúl de la vida. De pagar todas sus deudas y educar a sus hijos se estaba haciendo viejo rápido, a plazo fijo. Era la época que toca trabajar siempre a destajo, alimentar muchas bocas y aguantar en el trabajo. La mitad del camino, el mirar hacia atrás, y el coger mucho impulso para la otra mitad. El viento se sentó y anotó allí en seguida: ¡Qué reglas más extrañas que tiene esta partida! El viento lloró como nunca hasta entonces; asombrado quedó de la fuerza del hombre. Y siguió sin parar durante una semana hasta irse a postrar a los pies de una cama. Y vio a una mujer con la cara cansada y vio que un rostro a su lado lloraba. Y reconoció al hombre que había estado siguiendo y entendió que de alguien se estaba despidiendo. Entendió que su madre era aquella persona, la que nada te pide y quien todo perdona. Y el amor de una madre no pide a cambio nada. Qué gran sacrificio que nunca se paga. Y dejó al hombre allí pues entendía que sobraba, y que no tenía derecho a saber de qué hablaban. Pero vio una mirada que algo puro decía en aquel hombrecillo que hacía tiempo seguía. Y anotó en su cuaderno todavía asombrado: ¡No olvides el cariño que tus padres te han dado! Le estaba cogiendo cariño a aquel hombre, y el viento siguió, no sabia hacia donde. Y no lo vio más hasta pasado algún tiempo, y aunque no se lo crean ese día lloró el viento. Pues el hombre era… más que un hombre, un anciano, que andaba despacio con un bastón en las manos. Se apoyó en un banco con las manos temblando, y se quedó allí sentado a un frío mármol mirando. Era en un cementerio y el viento supo enseguida, que allí estaba un amigo de los de toda la vida. El anciano llevaba en su mano una foto, que sacó de su abrigo, con un marco muy roto. La dejó allí tumbada y se fue cojeando, mientras viejos recuerdos le iban retornando. Y entre lágrima y lágrima se abrochó la camisa recordando a su amigo y su eterna sonrisa. Se alejó del lugar con la paz más profunda del que haya ido nunca a visitar una tumba. Pues sabía que su amigo los había abandonado con la paz absoluta del que ha disfrutado. Y el viento apuntó con un trazo muy fino: ¡No importa la meta, disfruta el camino! Y siguió al hombre a casa y vio allí a su mujer que se había vuelto anciana aunque menos que él. Y los vio salir juntos después de almorzar, abrazados los dos derechitos al mar. Y sentarse en la orilla como habían prometido, con un vino por medio a repasar lo vivido. Y el viento se aleja y los deja en la arena, repasando su vida, su alegría y sus penas. Se para a distancia y repasa sus notas, y en la arena le caen un par de gotas. Y no está lloviendo, son gotas saladas, ha llegado el final cuando no lo esperaba. El viento es inmortal, seguirá su camino, y él y ella se irán igual que vinimos. Mereció la pena, piensa ahora el viento, seguir a mi amigo todo este tiempo. Y ver sus sombras y también sus luces, la vida es un sendero plagado de cruces. Y el viento anota con trazo muy fuerte: ¡Descansa mi amigo, fue un placer conocerte!


