Si me echas de menos o más
espérame allí en la esquina
del que era nuestro bar
dónde te encontré aquél día
en que paré al verte entrar
oculta en tu gabardina.
Y allí junto al cenicero,
dejamos los viejos dardos,
y con un guiño sincero
salimos del agujero
cuando a ojo de buen cubero
deberían rondar las cuatro.
Y dejamos aquél cobijo
mientras tú me hacías volutas.
Y el segurata me dijo:
¡Has triunfado, hijo de puta!

