Frisando yo los cincuenta, como aquel famoso hidalgo, cogí mi adarga mugrienta, e intenté vender al galgo. Tiré de un vecino mío que yo sabía buena gente; partimos al libre albedrío sin decir los dos ni pío y a escondidas de la gente. Y hoy recuerdo a mi Sancho, que fue mi más fiel escudero, me economizaba el rancho y me guardaba los dineros. Me enseñó que hay gente fácil que nunca protesta por nada, que cogen papel y lápiz, y con firme trazo grácil viven de forma abnegada. Y me enseñó, ¡ay que joderse! a abrir una simple cerveza, subido en lo alto de un risco, Cuando el sol ya va a esconderse, ... la luna se despereza, y pegas al día un mordisco.

