A Plácido Díaz ( mi Sancho )

Frisando yo los cincuenta,
como aquel famoso hidalgo,
cogí mi adarga mugrienta,
e intenté vender al galgo.

Tiré de un vecino mío
que yo sabía buena gente;
partimos al libre albedrío
sin decir los dos ni pío
y a escondidas de la gente.

Y hoy recuerdo a mi Sancho,
que fue mi más fiel escudero,
me economizaba el rancho 
y me guardaba los dineros.

Me enseñó que hay gente fácil
que nunca protesta por nada,
que cogen papel y lápiz,
y con firme trazo grácil
viven de forma abnegada.


Y me enseñó, ¡ay que joderse!
a abrir una simple cerveza,
subido en lo alto de un risco,

Cuando el sol ya va a esconderse,
... la luna se despereza,
y pegas al día un mordisco.

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