Me tiré meses y meses
buscando aquella esponja
que era de escamas de peces
traídos de alguna lonja,
Y yo, que ante nada me agacho,
ya dejé de buscarla por desidia.
Y la vi en la cabeza de Nacho:
¡qué fuerza de pelo, qué envidia!
Entre barras y corchetes
se pasa toa la mañana,
con su pinta de grumete
que va escuchando Nirvana,
y si te ves en un brete
los sesos se los devana
antes que tu sitio pete
y se líe una tangana.
Deberíamos tener un Nacho
todos en nuestra vida,
y si me equivoco, tacho,
me aprieto de nuevo los machos
y juego otra vez la partida.

