A mi primo Abel (… y aquellos rebeldes rizos)

Cuarenta y uno haría hoy
el que fue mejor de todos, 
siempre estaba al “liquindoi” 
y nunca tuvo un mal modo.

Era el coco más despierto
de toda esta extraña familia: 
simpático, noble, un experto, 
que hacía las cosas sencillas.

Hace tiempo que marchó, 
montado en su Rocinante
y a todos nos enseñó,
él, que venía de Cervantes, 
la humildad y la pasión, 
con su eterno cinturón 
mientras miraba el volante.

Entonces no lo entendí
mas hoy que ya tuve niños, 
mando un beso desde aquí
a los que todo el cariño, 
desde el principio hasta el fin, 
le dieron a aquél lampiño,
eso vale un potosí...
y es más puro que un armiño.

A veces me acuerdo de Abel 
y aquellos rebeldes rizos,

lo bien que se estaba con él, 
lo bien que las cosas hizo, 
fresco como un clavel... 
fiable como un reloj suizo.

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