Cuarenta y uno haría hoy el que fue mejor de todos, siempre estaba al “liquindoi” y nunca tuvo un mal modo. Era el coco más despierto de toda esta extraña familia: simpático, noble, un experto, que hacía las cosas sencillas. Hace tiempo que marchó, montado en su Rocinante y a todos nos enseñó, él, que venía de Cervantes, la humildad y la pasión, con su eterno cinturón mientras miraba el volante. Entonces no lo entendí mas hoy que ya tuve niños, mando un beso desde aquí a los que todo el cariño, desde el principio hasta el fin, le dieron a aquél lampiño, eso vale un potosí... y es más puro que un armiño. A veces me acuerdo de Abel y aquellos rebeldes rizos, lo bien que se estaba con él, lo bien que las cosas hizo, fresco como un clavel... fiable como un reloj suizo.

