Él pedía con una mano y la ponía como un cuenco, con un pudor sobrehumano, y en la puerta, ya temprano, pedía que un samaritano le echara dinero suelto, y sonreía siempre ufano, por no morirse de muerto, Llegaba al albergue tarde ... y llenaba su tazón con un caldo que no arde, sin un ángel que le guarde, y buscaba alguna parte donde poner su colchón, Qué duro no tener suerte ... y no tener siete vidas, y saber que hasta la muerte solo le queda ser fuerte y saber que no hay salida, que el dolor no va a dolerte, y no hay tierra prometida, Y hoy lloró al despertar cuando limpiaba su lata, y se puso a recordar cuando solo era un chaval y saludaba a Gaspar al pasar la cabalgata, Y pide volver a empezar ... y le dejen anotar al margen su fe de erratas.

