Tenían una tienda en las Peñuelas, los tiempos en que yo subía la cuesta, cargado con mis libros a la escuela, sumido en una triste duermevela, sin ganas de escuchar a la maestra. Se hizo experto en fundas para dientes, y vino de Madrid con sus estudios, pero un día le dijeron ¡vente!, y decidió seguir a aquella gente y dejar a los dentistas, sin repudio. Y un día frisando los cincuenta como dicen que tenía don Quijote, cogió un buen día a su parienta, y juntando la sal y la pimienta, templaron con buen éxito el capote. ... y hoy tienen a Lucas y a Lucía, creo que es feliz con su consorte, y dicen que regentan con maestría, una mezcla entre taberna y sidrería, un sitio chulo al que han llamado Norte.

