Ella rasgaba las cuerdas del arco de su violín, tenía la espalda hecha mierda, doce euros en la cuenta y nueve en el calcetín. Juntaba el violín a su cuello y le entregaba su alma, y hasta el último resuello aquello era todo un destello de algo perfecto y en calma. La gente pasaba a su vera, se giraban y seguían, algunos echaban monedas, otros cruzaban de acera; ... pero ella no los veía. Solo escuchaba las notas y seguía su partitura, con sus medias medio rotas, sin poder pagar las cuotas, ... lejos, sola e insegura. Y en eso abre los ojos y ve que no es una falacia, que una niña, con sonrojo, la saca de sus despojos cuando le susurra: ¡Gracias!

