A Samantha Vega, a la sombra de Keith Richards.

Detrás de todo gran hombre
(no sabemos si es el caso)
hay alguien que no se esconde
y que llena medio vaso,
permítanme que hoy les ronde
y les rime con retraso,

ellos son dos cigarras
que pululan los juzgados,
él vive de su guitarra,
y de noche canta y narra
por baretos olvidados,
camisas de hoja de parra
y sombrero ladeado,
como aquel Pedro Navajas
que tanto habremos cantado,

ella acuesta a su prole
y le sigue a verlo actuar,
llega y le dice ¡ole!,
como hacen los españoles
si algo te empieza a gustar,

él le brinda el quinto toro,
que es la de Los Planetas,
y le guiña con decoro,
mientras ella, con los codos,
va empujando entre puretas,

y al fin de los bises varios,
ella está llena de dicha,
y se sube al escenario
y le grita: ¡pa notario,
dame un beso, Keith Richards!

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