Volvió a mirarse las manos llenas de venas y arrugas, se había levantado temprano por eso de "al que madruga", cogió su bastón liviano, cogió su cuerpo de anciano y el pasillo hacia la fuga, salió sin que nadie lo viera con su bata de enfermero, y al llegar hasta la acera se ajustó bien la visera como hacía su Caballero, se escapó de Cienpozuelos (como cantaba Sabina), con sus ojos azul cielo, sus andares de locuelo y su mirada ladina, andando por la calzada e ignorando a los molinos, vio que no estaba ocupada una mesa soleada, se sentó, y pidió un vino, y oliendo la libertad perfumadita de brea (como decía Serrat) al camarero tutea y le dice: ¡está al llegar, hemos quedado a almorzar y se llama Dulcinea! y una lágrima suya (como dijo Peret) en la arena cayó ¡Vaya doncella capulla! me la ha jugado otra vez, pagó la cuenta y marchó, y ya de vuelta en su celda se relaja poco a poco, y entonces en una libreta recuerda la vieja receta: morir cuerdo y vivir loco.

