El último quijote

Volvió a mirarse las manos
llenas de venas y arrugas,
se había levantado temprano
por eso de "al que madruga",
cogió su bastón liviano,
cogió su cuerpo de anciano
y el pasillo hacia la fuga,

salió sin que nadie lo viera
con su bata de enfermero,
y al llegar hasta la acera
se ajustó bien la visera
como hacía su Caballero,

se escapó de Cienpozuelos
(como cantaba Sabina),
con sus ojos azul cielo,
sus andares de locuelo
y su mirada ladina,

andando por la calzada
e ignorando a los molinos,
vio que no estaba ocupada
una mesa soleada,
se sentó, y pidió un vino,

y oliendo la libertad
perfumadita de brea
(como decía Serrat)
al camarero tutea
y le dice: ¡está al llegar,
hemos quedado a almorzar
y se llama Dulcinea!

y una lágrima suya 
(como dijo Peret)
en la arena cayó

¡Vaya doncella capulla!
me la ha jugado otra vez,
pagó la cuenta y marchó,

y ya de vuelta en su celda
se relaja poco a poco,
y entonces en una libreta
recuerda la vieja receta:
morir cuerdo y vivir loco.










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