Hay veces en esta vida que uno para el reloj, y entonces la vida obliga a atender a quien te siga, como siempre haría un señor, y juntas en una mesa a quien te caló bien dentro, sabiendo que las promesas al final siempre te pesan, y siempre es mejor el intento, y sientes que los recuerdos ruedan por copas de vino, que no existe el desacuerdo, y es verdad que siempre aprendo cuando estoy con mis amigos, y cada uno hace un discurso que sale del corazón, aunque le tiemblen los pulsos, y mira que yo nunca expulso aunque sea el anfitrión, y cuando cierras la puerta y cada uno vuelve a casa, hay una cosa bien cierta: que veo a Ana contenta porque con más de cincuenta hoy volvió a ser la muchacha que subía aquella cuesta con su bolsa de Privata, y lo que uno no intenta queda en agua de borrajas.

