
Hay en Miranda de Ebro una mujer valiente, cuyo valor celebro, y que merece un requiebro, y que en la plaza del pueblo le lean un poema decente, que eligió ser resiliente y echarle un pulso al bicho, y mezclarse con la gente y disfrutar del ambiente, y no estar en entredicho, que sale a tomarse un chato, bebiendo por una pajita, va tranquila, sin ornato, con un rostro sin formato, y una entereza inaudita, Patricia es un alegato del que lucha con sus cuitas, que la sirvan con boato, que el tabernero la invita.

