
Una vida se mide
por los surcos de una mano,
donde los años residen,
donde la clase preside,
y las arrugas marcaron,
una vida se cuenta
por los nietos que criaste,
por estar siempre dispuesta,
en el medio de la cuesta,
donde siempre los cuidaste,
y una vida se valora
por lo que tú has disfrutado,
discúlpeme hoy, Señora,
que yo robara a deshoras
estos diez dedos trenzados.

