A Diego Tapia, el domador de burbujas.


Uno entre seis hermanos,
familia de comerciantes,
un trato afable y humano,
un tipo de esos campechanos
que heredaron buen semblante,

te atiende en el Mediodía,
anda entre ostras y cavas,
y encontró la melodía
del que sabe la ironía
de que lo bueno se acaba,
y si no, es que no valdría,
no valdría nada de nada,
es por saber que expira
que esta vida se te clava,

entre las mesas dibuja
su ritmo, que nunca para,
y es domador de burbujas
que es profesión de las raras,

viene encima a mis poemas
y me agradece la tarde,
¡era una tarde de pena
y tus versos me serenan,
escucharte no fue en balde!


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