Poemas y Retratos

Ahora y siempre, para Hugo.

Yo no soy de Reggaeton,
me parecen tipos canis,
que hacen cada canción
buscando un sonido funny,
y rimas sin ton ni son,
como el tipo ese, Bad Bunny,

pero siempre soy discreto,
con quien junta siete versos,

por eso en faena me meto,
me echo un trago al coleto,
me pongo la gorra y el peto,
hago dos o tres bocetos,
aunque me encuentre disperso,

ya no puedo parar quieto,
y siempre me comprometo
con mi flow y con mi respeto
por todos los tipos esos,

siempre voy con mi amuleto
buscando encontrar un soneto
y aunque nada te prometo
yo creo en el Universo,

entre todos esos notas,
hay uno bastante elegante,
"no se cuelgan las botas,
menos se enganchan los guantes"

yo no soy de Reggaeton,
la verdad me importa un bledo,
pero mi hijo, vacilón,
me enseñó en una excursión
una canción de Quevedo,

la tengo en el corazón,
y solo él tiene la llave,
y con eso yo me quedo,
te quiero Bro, ¡ya tu sabes!







Quiéreme mucho

Quiéreme mucho, porfa,
dame un abrazo fuerte,
que soy como aquella hoja
que con la lluvia se moja
y viaja siempre a su suerte,

abrázame de vez en cuando
si no te molesta mucho,
si vieras que estoy llorando,
si ves que estoy tiritando,
como hace un pobre chucho,

no escatimes en cariño,
porque de eso nunca sobra,
y por dentro soy un niño
que le vale con un guiño
para olvidar la zozobra,

quiéreme siempre de veras;
pero hazlo de corazón,
mas si acaso no pudieras
o por si es larga la espera,
voy a empezar primero yo.



El último quijote

Volvió a mirarse las manos
llenas de venas y arrugas,
se había levantado temprano
por eso de "al que madruga",
cogió su bastón liviano,
cogió su cuerpo de anciano
y el pasillo hacia la fuga,

salió sin que nadie lo viera
con su bata de enfermero,
y al llegar hasta la acera
se ajustó bien la visera
como hacía su Caballero,

se escapó de Cienpozuelos
(como cantaba Sabina),
con sus ojos azul cielo,
sus andares de locuelo
y su mirada ladina,

andando por la calzada
e ignorando a los molinos,
vio que no estaba ocupada
una mesa soleada,
se sentó, y pidió un vino,

y oliendo la libertad
perfumadita de brea
(como decía Serrat)
al camarero tutea
y le dice: ¡está al llegar,
hemos quedado a almorzar
y se llama Dulcinea!

y una lágrima suya 
(como dijo Peret)
en la arena cayó

¡Vaya doncella capulla!
me la ha jugado otra vez,
pagó la cuenta y marchó,

y ya de vuelta en su celda
se relaja poco a poco,
y entonces en una libreta
recuerda la vieja receta:
morir cuerdo y vivir loco.