Si me echas de menos o más
espérame allí en la esquina
del que era nuestro bar
dónde te encontré aquél día
en que paré al verte entrar
oculta en tu gabardina.
Y allí junto al cenicero,
dejamos los viejos dardos,
y con un guiño sincero
salimos del agujero
cuando a ojo de buen cubero
deberían rondar las cuatro.
Y dejamos aquél cobijo
mientras tú me hacías volutas.
Y el segurata me dijo:
¡Has triunfado, hijo de puta!
Poemas y Retratos
A José Ignacio Lores (él con chaqueta y corbata)
Entramos los dos a la vez, hace hoy veinticinco años, ¡cómo huye el tiempo, pardiez! Ya no hay pájaros hogaño... Él con chaqueta y corbata conjuntado con su "bleisar", yo con chinos y alpargatas, como una copia barata de un traficante de geishas. Soy José Ignacio, me dijo, no soy de aquí, soy del Puerto. Y juntos buscamos cobijo en un nuevo mundo incierto, aprendiendo entre entresijos a ser vendedores expertos. De un siglo ha pasado un cuarto. El regenta hoy un estanco en la ciudad de Gadir. Yo busco trabajo en los charcos, y como el más famoso manco amo el arte de escribir. Él con chaqueta y corbata conjuntado con su "bleisar". Hoy son las bodas de plata y voy a beberme otra lata aunque no venga a mi mesa.

Antes del móvil
Jugando de crío en la calle no me ponían mensajes, mi madre decía en el balcón: ¡Súbete antes de que baje! Mi padre cogía quince días en agosto como todos, y organizaba la mesa de su despacho a su modo. Se iba entonces del trabajo, dejaba allí sus asuntos. Y cogíamos el seiscientos para viajar todos juntos. Y al volver después estaban sus papeles esperando. Y no le pasaba nada por parar de vez en cuando. Y retomaba el trabajo y llamaba a sus clientes ¿Qué tal esas vacaciones? le preguntaba la gente. Y no se enfadaba nadie, y todo el mundo entendía que no había asunto que no pudiera esperar quince días. No había móvil ni correo, ni gigabytes ni tarjetas, ni redes sociales de esas que te vuelven majareta. Un buen amigo se hacía con el tiempo y con el roce y no recibiendo un mensaje de alguien que no te conoce. Hay quien cree que tiene amigos y los cuenta por centenas y yo les deseo que no tengan nunca ningún problema. Yo prefiero los que tengo, que se cuentan con la mano, que si viniera algún bache no tengo ni que llamarlos. Y ya se ha perdido pa´ siempre la cara que le ponían a mi padre sus amigos cuando en septiembre volvía. Y retomaba con ellos su partidita de cartas, y nadie miraba a un móvil, ni hacía maldita la falta.


