Hay en Miranda de Ebro
una mujer valiente,
cuyo valor celebro,
y que merece un requiebro,
y que en la plaza del pueblo
le lean un poema decente,
que eligió ser resiliente
y echarle un pulso al bicho,
y mezclarse con la gente
y disfrutar del ambiente,
y no estar en entredicho,
que sale a tomarse un chato,
bebiendo por una pajita,
va tranquila, sin ornato,
con un rostro sin formato,
y una entereza inaudita,
Patricia es un alegato
del que lucha con sus cuitas,
que la sirvan con boato,
que el tabernero la invita.
En el centro de una sierra,
donde no esperabas nada,
una familia, una tierra,
castaños, tinajas y piedras,
y un cartel en una entrada,
una curva a la derecha,
y un camino entre vides,
el viajero no sospecha,
que aquí cuidan la cosecha
para que el vino no olvides,
unos castaños vetustos,
un barro hecho tinajas,
un enólogo con gusto
que no citar sería injusto,
por cómo las vides trabaja,
y en un pueblo de Sevilla,
hay un vino del carajo,
con las cepas en la orilla,
y en una copa que brilla,
el fruto de un buen trabajo.
Hay veces en esta vida
que uno para el reloj,
y entonces la vida obliga
a atender a quien te siga,
como siempre haría un señor,
y juntas en una mesa
a quien te caló bien dentro,
sabiendo que las promesas
al final siempre te pesan,
y siempre es mejor el intento,
y sientes que los recuerdos
ruedan por copas de vino,
que no existe el desacuerdo,
y es verdad que siempre aprendo
cuando estoy con mis amigos,
y cada uno hace un discurso
que sale del corazón,
aunque le tiemblen los pulsos,
y mira que yo nunca expulso
aunque sea el anfitrión,
y cuando cierras la puerta
y cada uno vuelve a casa,
hay una cosa bien cierta:
que veo a Ana contenta
porque con más de cincuenta
hoy volvió a ser la muchacha
que subía aquella cuesta
con su bolsa de Privata,
y lo que uno no intenta
queda en agua de borrajas.