Hay en mi pueblo una banda
de esas que tocan versiones,
cinco cabezas calvas,
metiendo ritmo a mansalva
con su elenco de canciones,
dos guitarras, bajo y voz,
... y otro a la batería,
surtido de pop y rock,
un choque pal cortisol
y unas horas de alegría,
dan más bolos que Bisbal,
delante de mil puretas,
es todo cantar y bailar
por Seguridad Social,
Perales, Tequila, Planetas,
y cinco calvetes que un día,
se juntaron pa ensayar,
han puesto la sintonía
a un pueblo que se moría
por bailar pegado al mar,
y han quitado la agonía
y han dejado el disfrutar,
porque Julio ya decía
que hay que vivir el día,
pues la vida sigue igual.
Ahora que anoche lo vi
emocionado en Mairena,
por fin le voy a escribir,
para que pueda decir
que por fin tiene un poema,
porque el último día que leí
él vino a verme en faena,
dicen que a veces llora
con los versos de un canario,
cuentan que se enamora
de esa voz ruda y sonora
que se sube al escenario,
un buen amigo de Hugo
al que siempre presta cama,
dos ojos bajo un felpudo,
una casita extramuros
y una sonrisa ufana,
Alegría es buena gente
o eso me dice mi instinto,
que todas las letras siente,
que Quevedo vive a muerte,
y quisiera ser el Linton,
un tipo que no frontea,
y va con la frente alta,
que en las letras se recrea
y sin que Hugo le vea,
llora apoyado en su espalda,
y que una tarde, en Mairena,
canta, ríe, llora y salta.
Mal año para el patrón,
cargadito de desdichas,
manejar la embarcación,
mantener firme el timón
cuando ya no hay calma chicha,
bajar a esa bodega
donde hay tantos recuerdos,
busca un sitio y se sosiega,
mientras el Pogo navega
por una especie de acuerdo,
un café por la mañana,
salir de puerto temprano,
dejar atrás la bocana
y huir de tanta tangana,
de tanta hortera urbana
y del fragor del verano,
y al igual que se acaricia
un perro al llegar a casa,
con el Pogo hace justicia,
lo lava, lo cuida, lo engrasa,
piensa en Luis y en Alicia
y toma una segunda taza,
más tarde la vuelta reinicia,
maniobrando con pericia
y enfilando a Sierra Blanca.