Abrí la puerta del bar…
el viejo estaba en la barra.
Al fondo podía escuchar
acordes de una guitarra.
Cogí una silla a su lado,
hice un gesto al camarero,
y cuando me hube girado
ya lo habían invitado
pues nunca llevaba dinero.
¡Me llamo Ernest!, me dijo;
¿Eres nuevo por aquí?
Yo vengo todas las noches
y nunca jamás yo te vi.
Perdón si te he molestado
pero te sentaste a mi lado
y yo es que siempre fui así.
¡Para nada!, ¡Por favor!
Aún no me he presentado,
¡Discúlpeme Ud. Señor!,
siempre fui un maleducado,
y no es la primera ocasión
en que esto me ha pasado.
Y aquella conversación
comenzó de este calado.
Junto al viejo me quedé,
su compañía me agradaba,
cuando llegó mi cerveza
el concierto comenzaba,
tocaban algunas piezas,
muchas de ellas me sonaban.
Al poco me giré, y
fui a preguntarle al viejo.
No recuerdo bien el qué,
si lo dijera te miento.
Y él me dijo muy cortés
con un gesto siempre lento:
Este es mi primer consejo…
Estés dondequiera que estés,
disfruta siempre el momento.
Y él se girò para ver
aquel grupo y su concierto.
El camarero volvió
a servirle otra cerveza,
pero él la rechazó
con un ademán amable,
de aquel al que en otros tiempos
no le mandaba nadie.
Gracias Germán, contestó,
por hoy ya tengo bastante.
Y no volví a verlo más
hasta hace unos pocos días,
en que volví un rato al Dickens,
harto de monotonía,
pues no encontraba a mi chica,
por ver si allí la veía.
Y allí lo encontré de nuevo
sentado en el mismo sitio.
Parecía tenerle apego
a la barra y a su alivio.
¡Hola!, me dijo sin más.
¡Quédate aquí a mi lado!
Me queda aún media cerveza,
tu presencia es de mi agrado.
Y allí charlamos los dos
como dos viejos amigos,
yo con mi gorra de lana.
él sin quitarse su abrigo.
Ernest me contó su historia
cruel, dura y amarga,
Germán le ofreció otra birra,
Ernest volvió a rechazarla.
Después de contarme su vida,
me pareció cosa bien rara
que siempre llevara encima
una sonrisa en su cara.
Este, querido amigo,
es mi segundo consejo.
Relativiza te digo
si quieres llegar a viejo.
Al cabo de unas semanas
volví al Dickens a buscarlo,
pues la verdad tenía ganas
y me apetecía escucharlo.
No lo encontré en la barra
y le pregunté a Germán,
que afinaba las guitarras
tomándose un pacharán,
pues era en aquél barco de marras,
el que suelta las amarras
el grumete y el capitán.
No ha venido últimamente
algo le habrá pasado.
Ernest es de esa gente
que si fuera a estar ausente
siempre me hubiera avisado.
Lo conocí hace tiempo
después de lo de su mujer
y los días en el hospital.
Era y lo sigue siendo
un tipo raro de ver
sano, sencillo y formal.
Al tiempo empezó a venir…
Siempre en la misma esquina
apoya su codo y escucha.
Siempre una sola cerveza
es lo que viene a pedir.
Lucha con su tristeza,
y no la deja salir
debiendo ser ésta mucha.
A mi no me da guerra ninguna,
y solo por una jarra
y un platillo de aceitunas,
Ernest da clase a mi barra
escuchando las guitarras
hasta eso de la una.
La gente ya lo conoce.
No tuvo nunca un mal roce
con la parroquia del Dickens.
Si se ausenta unos días
la gente por él me pregunta,
y me piden que les explique
dónde está el que en la punta
de la barra da el palique.
Igual que hoy has hecho tú,
cuando no lo viste a tu vera.
Y tendrías que saber
que Ernest volverá…
en el momento que él quiera.
Y no volví a verlo más
hasta anoche a las doce,
cuando allí en el Dickens solo
sentí algo como un roce
a la altura de mi codo,
y al girarme sentí un goce
y me alegré de tal modo,
que en medio de las voces
en un abrazo le di todo.
Tenía su rostro cambiado
era como menos viejo,
y en cuanto me hube sentado
y sin haberle preguntado
me dio su tercer consejo.
Hugo, me dijo de pronto,
sin que me diera yo cuenta:
¡Que tu presencia se note
y que tu ausencia se sienta!
Estuve fuera algún tiempo
por resolver un asunto;
por fin soplan nuevos vientos
y hoy brindaremos juntos.
Germán pon aquí tres copas,
y brindaremos de veras,
y voy a pagarte las otras
por fin moneda a moneda.
Y poniendo novecientos
en billetes en la mesa,
yo me quedé asombrado,
Germán se quedó de una pieza.
Por fin me pagaron un juicio
y voy a pagarte Germán.
La usura no fue mi vicio
y yo pago lo que me dan.
Gracias por mi reservado
tu nobleza y mejor trato.
En estos tiempos pasados
aquí tuve buenos ratos.
Germán fue a protestar,
su mano apuntando hacia arriba;
pero Ernest le paró:
¡Por favor, no más diatribas!
Estando entre caballeros,
amigos, ¡Nobleza obliga!
De eso un mes ha pasado,
y de noche me despierto
nervioso y algo sudado,
pensando en si a mi amigo
algo le habrá pasado.
Y rezo porque muy pronto
la puerta del Dickens cruce,
y a los que estamos al fondo
nos proyecte algo de luces.
Le daré un abrazo fuerte,
un beso y un apretón.
Y allí en la barra del bar
me adelantaré a Germán.
Y gritando con un par
diré ¡Esta la pago yo!