Qué feliz

Qué feliz era de chico,
aunque no tuviera un chavo,
hasta los poco, poco y pico,
desde primero hasta octavo,

qué feliz viviendo al día
sin pensar en el mañana,
viviendo con la alegría
de hacer todo con ganas,

dos deberes y un problema
ya fuera de lengua o mates,
y zumbando por la puerta
sin recoger ni el petate,

qué feliz era de crío
y qué alegre mi mirada,
no tenía calor ni frío,
no había ni pista ni grada
qué feliz vivía el tío,
qué feliz era sin nada.

Toreando

Te ponen el traje de luces,
te colocan en el ruedo,
te dicen: ¡calla, no azuces!,
el miedo te da de bruces,
y entonces te paras, quedo,

... son doce toros, doce,
como rezaba el cartel,
y solo el que lo conoce
siente en la piel el roce
del pánico más cruel,

cuando dices ¡buenos días!
ya no hay ningún chiquero,
y ahí empiezas, ¡qué ironía!
a tirar de valentía... ,
cuando ya no hay burladero,

y de pronto y de repente,
ya toreaste al primero,
y agradeces al docente
que fue contigo exigente,
y dándote caña enfrente,
te empezó a hacer torero,
que alguien te recomiende
( ese Trueba, caballero, )
y el ¡aguanta! de esa gente
que son ya mis compañeros,

y ya terminó la corrida,
y recoges el capote,
y tiras pa´ la salida,
con la talega zurcida,
aunque nadie te lo note,

con el pulso en estampida
y el corazón dando botes,
con la faena cumplida
... y cara de carajote.


Mirando a la Torre Eiffel, o a la gente de OTTO WALTER.

Yo odiaba la Torre Eiffel,
en frente y desafiante,
cuando allí en el ring aquel
mi vista se iba al cartel
mientras me ataba los guantes,

yo la miraba y la odiaba
cuarenta veces al día,
porque era donde miraba
cuando ya no me acordaba
de lo que aquel guión ponía,

era un dibujo por fases
de cómo se fue construyendo,
de cómo la torre nace,
de cómo cambió el paisaje
y fue creciendo con el tiempo,

y ahora la veo distinta,
... como una compañera,
que me escribió grande, en tinta:
¡en esta vida sucinta,
te hará llorar quien te quiera!

y tiene toda la pinta
que ellos son raza extinta,
que aquí no entra cualquiera.