Yo cruzaba con mi Ernest
aquel lindo paso de cebra,
los días después al viernes,
buscando un brindis en ciernes
justo enfrente, en la Taberna.
Y nada envidiaba aquel paso
al de aquella otra calle
donde cruzaban los Beatles,
aquello fue un bastinazo,
y perdonen que me ralle,
no merecía un ardite,
Nunca valdrá los gustazos
de brindar yo con mi guate
si ustedes me lo permiten.
Dos abuelos en un banco
recordando sus batallas,
ocupando los dos flancos,
el uno charlando franco,
el otro que escucha y calla.
La historia de esta España
se pierde en el sumidero,
ahí dentro, entre dos pestañas,
se quedarán las hazañas
de estos grandes caballeros,
que vivían con la cucaña
de una posguerra extraña
y la escalaron con huevos.
Y a ese abuelo con legañas,
solo otros le acompañan...,
más triste que el Hombre Araña
en un descampao de albero.
Somos una botella,
una botella de vino,
que busca dejar su huella,
su legado o su camino.
Un día alguien nos degüella,
es el día en que nacimos,
y mientras el vino resuella
forjamos nuestro destino.
No sabemos si gustamos,
eso lo dirá el cliente,
que es de quién nos rodeamos,
familia, amigos, hermanos,
aquellos que nos contrataron;
en resumidas... la gente.
Pero lo único cierto
es que solo disponemos,
del tiempo que estamos abierto,
aquél que junto al cubierto
nos ponen estando llenos,
para dejar boquiabiertos
a los que al lado tenemos.
Una vez después de muerto,
de nada ya sirve el talento,
el vidrio usarán de tiesto,
el corcho irá con los restos,
y nosotros con el viento.