Con esos ojitos azules, esa sonrisa tan pura y esa carita de pillo... si él fuera monaguillo, ten seguro, no lo dudes, que en un descuido del cura se llevaría el cepillo. Pasta fresca en la nevera, sus tebeos de Tintín, que ganen en La Palmera, las olas que no tienen fin. Escribir con tranquilo trazo, hacer buena pasta al dente, andar por la playa descalzo y a resguardo del relente. Reírse con los amigos, y si puede, meter cizaña, eterna sonrisa consigo, y ¡Noe, pídame otra caña! Siempre atento y dispuesto haciendo aquello que toca, nunca te pone un mal gesto, aunque le rompas la ropa. El día que nos encontremos te lo cuento más despacio; pero creo que así más o menos debe ser mi amigo Ignacio. 26 de diciembre de 2018

