Antes del móvil

Jugando de crío en la calle
no me ponían mensajes,
mi madre decía en el balcón:
¡Súbete antes de que baje!

Mi padre cogía quince días
en agosto como todos,
y organizaba la mesa
de su despacho a su modo.

Se iba entonces del trabajo,
dejaba allí sus asuntos.
Y cogíamos el seiscientos
para viajar todos juntos.

Y al volver después estaban
sus papeles esperando.
Y no le pasaba nada
por parar de vez en cuando. 

Y retomaba el trabajo
y llamaba a sus clientes
¿Qué tal esas vacaciones?
le preguntaba la gente.

Y no se enfadaba nadie,
y todo el mundo entendía
que no había asunto que no
pudiera esperar quince días.

No había móvil ni correo,
ni gigabytes ni tarjetas,
ni redes sociales de esas
que te vuelven majareta.

Un buen amigo se hacía
con el tiempo y con el roce
y no recibiendo un mensaje
de alguien que no te conoce.

Hay quien cree que tiene amigos
y los cuenta por centenas
y yo les deseo que no tengan
nunca ningún problema.

Yo prefiero los que tengo,
que se cuentan con la mano,
que si viniera algún bache
no tengo ni que llamarlos.

Y ya se ha perdido pa´ siempre
la cara que le ponían 
a mi padre sus amigos 
cuando en septiembre volvía.

Y retomaba con ellos
su partidita de cartas,
y nadie miraba a un móvil,
ni hacía maldita la falta.

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