Jugando de crío en la calle no me ponían mensajes, mi madre decía en el balcón: ¡Súbete antes de que baje! Mi padre cogía quince días en agosto como todos, y organizaba la mesa de su despacho a su modo. Se iba entonces del trabajo, dejaba allí sus asuntos. Y cogíamos el seiscientos para viajar todos juntos. Y al volver después estaban sus papeles esperando. Y no le pasaba nada por parar de vez en cuando. Y retomaba el trabajo y llamaba a sus clientes ¿Qué tal esas vacaciones? le preguntaba la gente. Y no se enfadaba nadie, y todo el mundo entendía que no había asunto que no pudiera esperar quince días. No había móvil ni correo, ni gigabytes ni tarjetas, ni redes sociales de esas que te vuelven majareta. Un buen amigo se hacía con el tiempo y con el roce y no recibiendo un mensaje de alguien que no te conoce. Hay quien cree que tiene amigos y los cuenta por centenas y yo les deseo que no tengan nunca ningún problema. Yo prefiero los que tengo, que se cuentan con la mano, que si viniera algún bache no tengo ni que llamarlos. Y ya se ha perdido pa´ siempre la cara que le ponían a mi padre sus amigos cuando en septiembre volvía. Y retomaba con ellos su partidita de cartas, y nadie miraba a un móvil, ni hacía maldita la falta.



Muy bueno , amigo
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