A Ángela Rivera (la sonrisa al Mediodía)

Luce su eterna sonrisa
en menos de un metro setenta,
champán sobre una repisa,
ostras que ella revisa,
un sitio que vale una misa,
y una dueña siempre atenta.

Y lo demás son bobadas,
y a estas alturas del juego,
yo ya no creo en las hadas,
prefiero una buena añada
y un condumio con sosiego.

Dejó su tiempo en el banco,
añorando el del Frutero,
y hoy regenta un tabanco,
un Bujío entre dos flancos
la hija de aquél librero...

hoy creo que le caen taytantos,
hasta vernos, entretanto,
... va este regalo sincero.



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