A Lucía Cela, o el peso de Napoleón.

Dos ojos siempre al acecho,
un cinto cargado de balas,
a cargo de los pertrechos
pa´ que todo quede hecho
esta eterna generala,

en la esquina más oculta
suele apostar su caballo,
desde allí todo lo ausculta,
luego condena o indulta
(más lo segundo, subrayo)

te mira con media mirada,
siempre tiene algún detalle,
baja al campo de batalla
para ver que nada falla
y sin que nada soslaye,

y cuando se marcha su paje
sueña en hacer las maletas,
colgar de una vez el traje,
ver a sus hijos y nietas,
contemplar el oleaje 
sentada en la playa, quieta,

bajarse ya del caballo,
buscar dónde bien atarlo,
recoger a su guayabo,
y decirle de soslayo:
¡¿vivimos la vida, Carlos?!










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