
Dicen que en cada lugar hay algo que lo representa; para mi, en esta ciudad hay un icono sin par desde los años ochenta, no le gusta destacar y él nunca tuvo la culpa, las cosas no son por azar, a veces te viene a tocar, ¡Señoría, no hay más preguntas! yo más que entre profesores, lo veo donde el mar zozobra, ... como esos pescadores con barba rubia y con gorra, que en el cuarto de motores cuelga el ¡papá, no corras!, y pone a tope Briatore cuando el velero amorra, y un icono es eterno, si hoy llueve o el sol brilla, si hoy es verano o invierno, o si un cariño fraterno viajó hasta las Maravillas (no es justo que mientras duermo me quiten una costilla), cuando amaine la tormenta, con los dedos sobre el traste, tendrás la púa dispuesta, y volverá a sonar la fiesta, con esa secuela honesta de La Leshe que Mamate.


Con la excepción de la exquisita píldora poética que me dedicara Alejandro Pedregosa en el libro de Jesús Chacón, Miradas de una ciudad, y más allá de cierto pareado relacionado con el número cinco de mi guitarra, jamás había recibido dedicatoria lírica alguna. Bien, pues abrumado sigo desde que esta mañana recibiera este regalo de un inspirado y amabilísimo Víctor H. Sánchez, que ha tenido la generosidad de dedicar musas y tiempo a alguien que ni de lejos lo merece, aunque celebro de corazón que él lo perciba así. Desbordado y visiblemente emocionado quedé, testigos haylos, eternamente agradecido también, subido a una nube en la que alguien me felicitaba y compartía alegria, además de verso y lugar en el corazón. Supongo que un abrazo no compensará semejante obsequio, pero prometo intentarlo cuando vea al autor. Gracias.
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