Se queda con las tareas, con la casa y con los niños, con cuatro sillas de enea, con el marrón y el pestiño, sabiendo que las mareas no pueden con el cariño,
con sus amigos de siempre, con su miedo a naufragar, con alguien que lo remembre cada vez que algún noviembre en la barra de algún bar le digan que ellos le entienden y ella le eche a faltar,
con los ratos que pasaron, con la familia que hicieron, porque no nos explicaron que tan solo se alejaron los que no se despidieron,
y los niños que quedaron, para quienes naufragaron ... son el mejor madero.
En una ciudad gaditana y apoyado en el bauprés, enfilando la bocana con el agua calma y plana entra en casa un Lord inglés, con Mari Carmen, su hermana, y con Yvonne son siempre tres,
enfila la calle Real y se dirige a su plaza, no añora aquel Rent a Car, ya se pudo jubilar y en La Línea se solaza, y ya olvidó que al final no quería la capital y le sirvieron dos tazas,
hoy sonríe viendo el Peñón y sentado con su gorro, con sus nietos , un montón, y con sus hijas en corro, y a ratos, de refilón, recuerda con ilusión sus ratillos en El Chorro,
y no sabe el navegante que ha enseñado a disfrutar, a gozar de cada instante a los que vienen detrás con ese estilo elegante que tiene un Lord de verdad,
coja el gorro de Almirante, ... salga de nuevo a la mar.