A Iván González Jiménez, 30 en la mejor oficina

Hace 30 de un suceso
que ha marcado a nuestro Poli,
hablemos un poco de eso,
hagamos un breve receso,
busquemos papel y boli,

hay gente que en esta vida
no encuentra nunca el lugar,
va jugando la partida
y desde la misma salida
no llega nunca a encajar,

y en esta vida tan perra
que te da cales y arenas,
vino un niño de la sierra
y se bajó en nuestra tierra
comiendo dos madalenas,

y hoy dice que hace treinta
que dio su primera clase,
y Marbella está contenta,
así que en letras de imprenta
salda contigo cuentas
por nuestro deporte base.

El Graduado, a Hugo (homenaje a los padres)


Dicen que naces, creces,
te reproduces y mueres,
que aunque no te lo mereces,
a veces aciertas con creces,
que tienes superpoderes,
y que aunque no lo parece
siempre haces lo que puedes,

que apostaste todo al rojo,
porque siempre confiaste,
que lo miras de reojo,
verlo estudiar con arrojo
más de lo que estudiaste,

que le dices ¡no lo dejes,
que estudiar es un tesoro!,
déjame que te aconseje
y ¡échale coraje al toro!,

y que ya ha pasado el tiempo
y te saca una cabeza,
sabe volar contra el viento,
te ha superado en talento
y te doblega en destreza,
y tú eres ya un peón lento
que mueve despacio la pieza,

y en medio de la partida
te adelantó en el tablero,
tiene delante la vida...
y tú buscas ya la salida
y ponerte de portero,

y sonríes con el relevo,
eso es algo necesario,
y cuatro con las que llevo
a que mojaste el babero
cuando subió al escenario.

A don Pepe Trébol (nunca es tarde)


Tenía unos ojos saltones
como las gambas cocidas,
y escribiendo estos renglones
se me caen dos lagrimones,
estas cosas no se olvidan,

tenía una plancha genuina
y una barra haciendo ele,
no sé si tenía cocina,
yo siempre pillaba la esquina
a donde estaba la tele,

la plancha era una paleta
como la de esos pintores,
había gambas, panceta,
pinchitos y hasta brochetas,
y una espátula pureta
que tenía dos mil colores,

Pepe fue ese tabernero
que tenía una sonrisa,
y siempre fue un caballero
cuando no tenía dinero,
ni móvil, ni miedos, ni prisa,
y aún me llegaba el pelo
al cuello de la camisa,

quedaba con mis amigos,
giraba por calle Princesa,
y alguien decía ¿qué te pido?
y ya tenías contigo
un abrazo y una cerveza,

saludabas a los tuyos
que llegaban poco a poco,
y en medio de aquel barullo,
Pepe sonríe con orgullo
y entonces casi lo toco,

pero aquello ya pasó
hace muchas primaveras,
y hoy dije ¿porqué no?,
retratemos al señor
que apoyao en la nevera,
nos hizo un poco mejor
en la época ochentera,

y al lado del corazón
un garito con solera.