Dos ojos siempre al acecho, un cinto cargado de balas, a cargo de los pertrechos pa´ que todo quede hecho esta eterna generala, en la esquina más oculta suele apostar su caballo, desde allí todo lo ausculta, luego condena o indulta (más lo segundo, subrayo) te mira con media mirada, siempre tiene algún detalle, baja al campo de batalla para ver que nada falla y sin que nada soslaye, y cuando se marcha su paje sueña en hacer las maletas, colgar de una vez el traje, ver a sus hijos y nietas, contemplar el oleaje sentada en la playa, quieta, bajarse ya del caballo, buscar dónde bien atarlo, recoger a su guayabo, y decirle de soslayo: ¡¿vivimos la vida, Carlos?!


Buenísimo.
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