A Juanjo Portillo, un señor en Miguel Cano.

Cuando yo fregaba platos
en una hamburguesería,
me tiraban los zapatos,
me trataban sin recato
y había pocas alegrías,

quizás la de un chaval
que era entonces camarero,
sereno, alegre, jovial,
sensato, currante, cabal,
era un buen compañero,

al salir de aquel garito
volvíamos siempre andando,
y hablábamos un ratito,
sin copas ni cigarritos,
y hoy dando un paseito
he vuelto a encontrar a Juanjo,

tiene la misma mirada
de aquel chaval franco y noble,
esos que no piden nada,
esos que en cada jugada
siempre te pagan el doble,

cuenta que tiene tres niños,
que es feliz donde trabaja,
y es que a quien da cariño,
la vida siempre hace un guiño,
al repartir la baraja,

y si yo viera a sus hijos
les diría si dudarlo,
que esta vida les bendijo,
y les dio un padre prolijo
pa que de él aprendan algo.





A Patricia, o la vida y el vino a sorbos.

Hay en Miranda de Ebro
una mujer valiente,
cuyo valor celebro,
y que merece un requiebro,
y que en la plaza del pueblo
le lean un poema decente,

que eligió ser resiliente
y echarle un pulso al bicho,
y mezclarse con la gente
y disfrutar del ambiente,
y no estar en entredicho,

que sale a tomarse un chato,
bebiendo por una pajita,
va tranquila, sin ornato,
con un rostro sin formato,
y una entereza inaudita,

Patricia es un alegato
del que lucha con sus cuitas,
que la sirvan con boato,
que el tabernero la invita.




A Raúl Fernández, o el Baco de Constantina.

En el centro de una sierra,
donde no esperabas nada,
una familia, una tierra,
castaños, tinajas y piedras,
y un cartel en una entrada,

una curva a la derecha,
y un camino entre vides,
el viajero no sospecha,
que aquí cuidan la cosecha
para que el vino no olvides,

unos castaños vetustos,
un barro hecho tinajas,
un enólogo con gusto
que no citar sería injusto,
por cómo las vides trabaja,

y en un pueblo de Sevilla,
hay un vino del carajo,

con las cepas en la orilla,
y en una copa que brilla,
el fruto de un buen trabajo.