Luce una sana sonrisa de dibujos animados, dicen que vive sin prisa y que el móvil no la avisa porque lo tiene apagado,
que siempre está si hace falta, que fuma cual camionera, que una birra siempre encarta, que luce en una pancarta: ¡aunque whatsapp no comparta, yo soy tu amiga sincera!,
y esperando el ascensor un día por donde la RESA se asomó por la rendija,
y me dijo ¡oiga señor, yo soy amiga de esa que yo creo que es su hija!
Uno entre seis hermanos, familia de comerciantes, un trato afable y humano, un tipo de esos campechanos que heredaron buen semblante,
te atiende en el Mediodía, anda entre ostras y cavas, y encontró la melodía del que sabe la ironía de que lo bueno se acaba, y si no, es que no valdría, no valdría nada de nada, es por saber que expira que esta vida se te clava,
entre las mesas dibuja su ritmo, que nunca para, y es domador de burbujas que es profesión de las raras,
viene encima a mis poemas y me agradece la tarde, ¡era una tarde de pena y tus versos me serenan, escucharte no fue en balde!
Ya no llena los aforos que llenaba con Sabina, le entra el arte por los poros, calla hasta por los codos, te saluda en cada esquina, y tiene el genial decoro del que no juzga ni opina,
un señor en una silla que acaricia una guitarra, las letras de carrerilla y cuenta de forma sencilla las anécdotas que narra,
si escuchas atentamente y cerraras bien los ojos, ves que lo adora la gente, y que hace un Wizink Center a partir de los despojos,
yo no sé si habrá fumata o si el tiempo rebobina, yo no sé si hay Fe de erratas, yo no sé de qué se trata o si hay por medio inquina,
mas no habrá quién hoy debata que Pancho es, de forma innata, la guitarra de Sabina.