El padre estuvo cien años hablándole de los Beatles, "que estos tíos son oro en paño, que yo se de lo que hablo, no me hagas que te grite",
el niño pasaba mucho y tenía otras preferencias, decía "cartucho, cartucho, que yo no te escucho" y oponía su resistencia,
y en una tarde en Madrid, se alinearon los planetas, McCartney que viene aquí, se congregan veinte mil y el colega va y lo peta,
y mientras todos transpiran y se rozan con los codos, el hijo se vuelve y se gira y mira al padre de otro modo, y entonces el hijo suspira y sabe que no era mentira, que aquel padre al que ahora mira siempre había acertado en todo.
Resulta que no son mellizos, resulta que son gemelos, y que con cielo plomizo, volviendo de algún bautizo con seis DYC cortos de hielo, la cigüeña, el voladizo... o no saben si los frenos, el azar o alguien quiso traerlos en dos pañuelos,
uno es Antonio, otro Carlos, son tela de buena gente, no sabrías diferenciarlos si quisieras intentarlo cuando los tengas enfrente,
y cuentan que una tarde, de esas tardes eternas en que huyen los cobardes y el valiente, sin alardes, sabe que pierde una pierna,
se escuchó una voz serena retumbando en Montellano que decía: "No tengo pena, solo quiero un alma buena que me traiga ya a mi hermano"
y eso merece un poema, y eso ahora es lo que hago.