A Susana Rodríguez y al mejor Sumiller

El día que él ya no esté,
no sabrá qué vino abrir,
... y mirará la pared
sin saber ya lo que hacer,
ni qué botella elegir,

y no sabrá qué botella
pega con cada plato,
e irá recordando las huellas
de aquella larga epopeya,
que fueron forjando a ratos,

cuando él salía al porche
con el pelo lleno canas
y procedía al descorche
escuchando C. Tangana,
y justo al caer la noche
como Chicote a Pedroche
le decía: ¡pa´ mi Susana!

A Mario Nieto, que sigue vivo.

Siempre vive en el alambre,
nunca piensa en el mañana;
pero nunca pasa hambre
y disfruta en el enjambre
como una boda gitana,

él es el duro más tierno,
es el canalla más culto,
lo largaron del infierno,
pues no quiso ser subalterno
y montó dos mis tumultos,
le daban calor los cuernos
y lo echaron insepulto.

... así que aún sigue vivo,
y le han repartido más cartas,
hoy tengo un rato y le escribo,
lo cuento entre mis amigos,
esos que están si hace falta.


A Lucía Cela, o el peso de Napoleón.

Dos ojos siempre al acecho,
un cinto cargado de balas,
a cargo de los pertrechos
pa´ que todo quede hecho
esta eterna generala,

en la esquina más oculta
suele apostar su caballo,
desde allí todo lo ausculta,
luego condena o indulta
(más lo segundo, subrayo)

te mira con media mirada,
siempre tiene algún detalle,
baja al campo de batalla
para ver que nada falla
y sin que nada soslaye,

y cuando se marcha su paje
sueña en hacer las maletas,
colgar de una vez el traje,
ver a sus hijos y nietas,
contemplar el oleaje 
sentada en la playa, quieta,

bajarse ya del caballo,
buscar dónde bien atarlo,
recoger a su guayabo,
y decirle de soslayo:
¡¿vivimos la vida, Carlos?!