A Juan Antonio Rosa Sánchez, respirando tranquilo.

En este mundo ambiguo
y en esta vida cruenta,
es mi amigo más antiguo
(principio de los ochenta),
y así en vez de ser exiguo
este viaje ya me renta,

noble como un buen perro,
tranquilo como un acuario,
lleva unos años negros
asistiendo a dos entierros
y diciendo adiós al vicario,

me dio mi primer trabajo,
sufrimos las novatadas,
currábamos a destajo
cuando éramos dos renacuajos
y era fin de semana,

ahora respira tranquilo
y hay alguien que apuesta por él,
alguien que entró con sigilo
y dijo a este lo espabilo
y que se llama Isabel,

y como decía Mark Twain
tiene dos hijas rebeldes,
que no saben lo que hay,
y a veces las cosas guay
nadie te las envuelve,

para que un día descubráis
como escribía Bucay
que todo es quizás y depende.


A Sara Ferreira, taytantos.

No la conozco de nada,
para qué voy a mentirles,
pero es fin de semana
y la verdad, tengo ganas…
y no sé a quién escribirle,

así que aquí va mi regalo
por si fue su cumpleaños,
y aunque los versos sean malos,
la foto sí tiene un halo,
y con eso hice el apaño,

es un poema sin encargo
(creo que se llama Sara),
lo escribí pues me hago cargo
que aquél a quien llaman “largo”
se doblaría sin embargo
si algo a ella le faltara,

un padrazo en un letargo,
padre e hija cara a cara.

A Carlota Fernández, que siempre tuvo su rey mago.

Cuando yo la conocí, 
aún estaba en su infancia,
el mundo era más baladí,
Gaspar estaba ya allí,
y la calle era Finlandia,

era una niña inquieta
pegadita a un tabernero,
supongo que pizpireta,
supongo que entre croquetas
supongo que desde enero,

siempre fue mi sitio aquel,
el que siempre prefería,
la carta a mano, en papel,
una Mahou siempre fría,
dos vinos para escoger,
datáfono nunca había,
donde nunca hubo café
y la tortilla se abría,

hoy Gaspar se ha retirado,
algo Lento pero Torpe,
pero ha dejado un legado
que Carlota ha heredado,
y lleva con regio porte,

mi sitio recomendado...
bajando el Francisco Norte.