Poesía empresarial

El inframundo, (homenaje a los que no tienen).

Él pedía con una mano
y la ponía como un cuenco,
con un pudor sobrehumano,
y en la puerta, ya temprano,
pedía que un samaritano
le echara dinero suelto,
y sonreía siempre ufano,
por no morirse de muerto,

Llegaba al albergue tarde
... y llenaba su tazón
con un caldo que no arde,
sin un ángel que le guarde,
y buscaba alguna parte
donde poner su colchón,

Qué duro no tener suerte
... y no tener siete vidas,
y saber que hasta la muerte
solo le queda ser fuerte
y saber que no hay salida,
que el dolor no va a dolerte,
y no hay tierra prometida,

Y hoy lloró al despertar
cuando limpiaba su lata,
y se puso a recordar
cuando solo era un chaval
y saludaba a Gaspar
al pasar la cabalgata,

Y pide volver a empezar
... y le dejen anotar
al margen su fe de erratas.

A Claudia, 18 (de niña a mujer)

Cuando yo oía a Julio Iglesias,
siempre pensé que era un ñoño,
y ahora el tiempo me desprecia
y vuelvo a topar con la Iglesia,
¡cómo pasa el tiempo, coño!

Ya no eres ninguna niña,
ya estás hecha una mujer,
y el tiempo, que todo lo apiña,
me saca de la morriña,
me pega de frente y me endiña
con la mano del revés,
y luego un ojo me guiña
pa´ que los lomos me ciña
y pueda ayudarte a crecer,

Fuiste una niña fácil,
amiga de tus amigos,
con una sonrisa grácil
pendiente siempre del frágil,
atenta con cinco sentidos,
para acudir siempre ágil
donde hubiera un afligido,

Y mientras tú vas creciendo,
yo juego el segundo tiempo,
y dejo de nuevo el banquillo,

Y eso es un lujo tremendo,
protegerte contra el viento,
haciendo de nuevo mi hatillo,

y así yo sigo aprendiendo
mientras tú vas descubriendo 
que la vida es un ratillo. 

A Jose, del bar La Morenita de Marbella (por cortesía de Juan Luis Camarero)

Si vas bajando el Trapiche
y llegas a Independencia,
conozco un sitio fetiche
donde comer con decencia,

Regenta el bar un currante
con pinta de Sancho Panza,
que aunque no va de elegante
tiene un muy noble semblante
… y cocina con maestranza,

Jose es un tipo serio,
siempre preso en los fogones,
disfruta su cautiverio
y enseña su magisterio
entre tapas y raciones,
y antes del cementerio
tienes que ir por cojones,

Dentro tiene un par de mesas,
no habrá más de cinco fuera,
gambas, ortiguillas, presa,
de pescado una remesa,
conchas finas siempre ilesas
y Victoria en la nevera…

Y en un santuario propio
colgando en un lado del bar,
ha hecho Jose un acopio
y se ha hecho su propio altar,

Un pañuelo de aquél Cuevas
que un día fue concejal,
un sombrero del que era
“el penalti”, su papá,
un guante que se pusiera
su Raúl, que ya no está,
y un buen bastón de madera
del que le metió de veras
por la sangre y por las venas
las ganas de cocinar:
don Juan Camarero, bandera
del arte que es enseñar,

Y su Noelia a su vera,
por si otra vida entera
le tuviera que entregar.

Si vas bajando el Trapiche
y llegas a Independencia,
gira antes que la espiches
y esto es una sugerencia.