Poesía empresarial

Los cordones, a mi madre.

Tú me trajiste a este mundo
y me enseñaste a caminar,
primero los dos pies juntos,
lo siguiente ir dando tumbos,
después caerte y levantar,

después elegir amigos,
después elegir pareja,
darte nietos, sumo y sigo,
pasar ratitos contigo,
para luego ser testigo
y ver cómo te haces vieja,

vieja no es ser anciana
son distintas acepciones,
vieja es por esas canas
que te salen a mechones,
por las clases que me dabas
sin nunca darme sermones,
por la casa en la Atunara
y aquellos tiempos mejores,
y porque cuando tocaba
tomaste tus decisiones,

por eso cuando me llamas
soy yo ahora el que se para
y quien te ata los cordones.



Las monedas

Qué se siente cuando te echan
monedas dentro del vaso,
y en una acera maltrecha
sientes que el hambre acecha
despacito, paso a paso,

en esta vida pendeja
siempre crecen los enanos,
y yo valoro al que deja
los quebrantos y las quejas
y se sienta donde andamos,

... coge una lata vieja
y la sujeta en las manos.

La esquina está triste, a Marcos Evangelista.

Ya no encuentro su sonrisa
cuando giro por la esquina,
y en 5 minutos, sin prisa,
me hacía aquella Bianca lisa,
... aquella pizza tan fina,

ya no escucho ¡Víctor Hugo!
cuando él gritaba al verme,
pero fui un tipo suertudo
que conocerle sí pudo,
aunque ahora ande inerme,

ya no rezuma alegría,
ya no veo a Rafaella,
ya no escucho la ironía
con que mi amigo reía,
ya no te cobra Pamela,

y aquella esquina gafada
abrirá más restaurantes,
pero es como esa espada
que solo el Rey Arturo sacaba
de aquella piedra flamante,

solo Marcos la cuidaba
como él sabía hablarle.