A Arturo Pérez-Reverte

A mitad del siglo veinte
y en tierras de Cartagena,
parieron a un niño prudente
con sal del mar en las venas,
que a resguardo del relente
leía un buen libro en la arena.

Bebió de Hergé, Quevedo,
Stevenson, Meville o Conrad.
Luego empezó con denuedo
a escribir bellas historias.
Es mucho placer el que debo, 
y yo soy un hombre de honra.

Yo envidio a los Mosqueteros, 
que se batían en camisa,
a aquel Capitán que persigue 
la ballena blanca aprisa;
pero más a Scaramouche, 
y su eterno don de la risa.

Estos ripios inmaduros
yo le envío a la Academia.
Sólo ¡Gracias!, don Arturo
ya sé que el tiempo le apremia.
No tengo Facebook, ni muro,
mas me atrevo, con la venia.

Puedo ver que, tras la espuma,
ya recogió todo el trapo.
En el regazo un buen Dumas,
dispuesto a pasar un gran rato.
Ya puede incendiarse la aldea,
y ya pueden tocar a rebato.

Mi Amiga

Yo tuve una amiga muy rara
que nunca estuvo a mi vera,
me volvía a ratos majara
y salía por peteneras.

Pasaba de mí tres pueblos,
y cuando ya me olvidaba,
haciéndome otro requiebro
me venía otra vez de cara.

Entendí que era más lista,
más libre y más asueta
a nunca pasar revista
e ir por la vida discreta.

Y en los tiempos del despojo,
cuando yo perdí mis fueros
postrado en una camilla,

guiñándome entonces un ojo
la vi cambiándome el suero
y darme un beso en la mejilla.

La Corbata Negra (ojalá no tenga que usarla)

Compré una corbata negra
sabiendo que no la quería,
y en esta vida tan perra
la uso si el alma me legra
la muerte de quien quería.

La uso en señal de duelo,
de cariño y de respeto,
si hoy San Pedro en el cielo
se vio en un tremendo aprieto,
y sintió pena y canguelo
mientras mudaba el careto
por quien con tanto desvelo,
cuando yo caía al suelo,
me cuidó como un Gepetto.

Qué trabajo más ingrato
recibir a quien no esperas,
tocar la campana a rebato
por alguien bueno de veras,
con aquel cariño innato
y esa bondad tan sincera.

Qué dicho aquel más sensato:
¡TE HARÁ LLORAR QUIEN TE QUIERA!