A Jesús Rosales, o el pelo de algodón

Tiene el pelo de algodón,
la mirada de un abuelo,
y en una conversación
es quien escucha mejor
y también el que habla menos
(hasta que da un tiento al ron
cargaito, con dos hielos),

largo como una jirafa
por las calles de Marbella,
dos ojos detrás de unas gafas
que si las rompe o las chafa
son dos culos de botella,

una empresa familiar
donde él va por delante,
una cerveza en un bar
donde se pueda escuchar
y no esté prohibido el cante,

y a ratos va de visita
a ver a una mujer,
y suelta dos lagrimitas
con quien ella solita
le vino a este mundo a traer,
y allí, junto a una mesita,
Jesús las gafas se quita,
se limpia dos lagrimitas
y dice: ¡te quiero, joder!

Digamos que el mar…(sobre un poema de José Emilio Pacheco)

Digamos que el mar no tiene comienzo,
que empieza donde te toca,
y luego un pintor en silencio
va extendiendo todo el lienzo
del horizonte a las rocas,

digamos que el mar es rebelde...
y que nunca tuvo dueño,
que las olas van y vuelven
y viendo cómo se pierden
sigo creyendo en los sueños.


A Küppers, igual arriba que abajo del escenario

Es un caso peregrino
este que aquí tratamos,
porqué coño el destino
me lo puso en el camino
y porqué nos carteamos,

... es un tipo singular
a quien la gente enaltece,
te lo voy a presentar
por si eso te apetece:
si tú entraras en un bar
siempre vas a preguntar
dónde se puede mear
con quien primero tropieces,
pues eso te quiero explicar:
el Küppers es justo ese,

es culé, nadie es perfecto,
el chico no fue a la escuela;
pero yo le tengo afecto,
bastante, pa ser correcto,
porque por mí se desvela,
sabe más que un buen prospecto
y siempre se deja las suelas.