Sale al centro del campo, da dos pases al balón, sigue un rato paseando, y mientras él va fumando ya está tu móvil sonando: ¡mándame la previsión!, y en eso, el perro meando, ¡vamos p´arriba, Botón!,
se pone frente al espejo y se cepilla las greñas, ni tan joven ni tan viejo, relumbran los azulejos con su laca malagueña,
atiende a toda la gente, nunca tira la toalla, y vive el año impaciente por tener el mar enfrente y bajarse pa la playa,
sus dos colegas del cole, su abono que no traspasa, en su casa, sus dos soles, y si en el campo no hay goles, su tasca bajo su casa,
y a la luz de dos faroles un perro con dos bemoles que el corazón le traspasa.
Tiene la misma mirada de cuando era un chaval, cuando el Padrón lo sacaba a hacer cuatro derivadas porque no quería explicar, cuando aquellos que añorabas, en el recreo se bajaban y esperaban en el bar,
de aquello hace ya bastante, y el Titi ya no hace pellas, ahora tiene restaurantes, los mismos amigos de antes y una carta de paellas,
dos niños que hacen lucha de esas de artes marciales, que yo no sé si le escuchan, pero la gracia era mucha y la tendrán a raudales,
pero a solas, sin clientes, al terminar las tareas, daría su cuenta corriente por volver a tener veinte, ... ver bajar la marea, y con otros dos enfrente, jugar a balonvolea,
antes que llegue el relente, antes que ya no se vea.
Pasamos el puto día mirando siete pantallas, qué tristeza, qué apatía, qué cruel monotonía, qué existencia más canalla,
cuando llegó "el apagón" y la vida se hizo oscura, no funcionaba tiktok, no me sonaba el buzón, no hice ninguna captura, ya no usaba el cargador, ya no iba contra natura,
al final lo que te queda es siempre lo más sencillo, leer una buena novela, charlar a la luz de una vela, acariciar a un perrillo, y al calor de una candela juntarnos en un corrillo,
y sé que Steve Jobs ahí arriba ya no desplaza el dedo, y usa dos cosas sin gigas que ya la usaba mi abuelo, un paquetito de pilas y un transistor medio bueno.