A Juan Jesús Palenque (o callando bocas)

Un tipo que vino del frío,
una barbita canosa,
una voz entre el gentío,
un tipo comprometío,
da igual el asunto o la cosa,
un nota que no dice "mío",
un jefe del libre albedrío
y que a Aitana no la tosan.

Su jersey de cuello vuelto,
su tabaco de liar,
va con dinero suelto,
nunca lo vi hacerse el muerto
si hay que arreglar un entuerto
o a la hora de pagar.

Me escuchó y me dio mi espacio,
me dejó a mi puta bola,
me entendió desde el prefacio
y no me contó nunca trolas.

Enseña con una pizarra,
cose como las locas,
y con los brazos en jarra
un niño que le desgarra
le da siempre la tabarra:
¡Juan, que te calle la boca!





A mi Torera (o el arte de templar el capote)

Siempre estuvo para todo,
no me pidió nunca nada,
y tiene un sublime modo
de evitar pisar el lodo
que es una puta pasada

Ella es feliz bailando,
no le preocupa el dinero,
un botellín de Cruzcampo,
ocho amigas con los dedos,
y a sus niños educando
mientras busca el coletero

Siempre estuvo para todo
y por eso yo la quiero.
En este mundo de toros,
ella va de grana y oro
y yo soy el banderillero.

A Enrique, 56 (o el orgullo de Darwin)

Si un día bajara a este mundo
un ovni o platillo de esos
para elegir un oriundo
que fuera allí arriba Maeso,
no dudaría un segundo,
no tomaría un receso,
mi veredicto rotundo
es del Madrid más profundo
y solo dispone de anverso.

Allí por donde Pozuelo,
donde la sede del Ono,
Teigell, el mejor consuelo
de los que salimos del mono,

Sencillo, educado, cabal,
pendiente y comprometido,
comensal de buen palique,

Monastrell, mencía y bobal,
y compartir un El Nido,
Feliz Cumpleaños, Enrique.