Asomado a una ventana,
la vida de Aurelio pasaba.
Y él miraba a su través
siempre contento y con ganas.
Ya lloviese o escampara.
Esa ventana de Aurelio
y el cristal que le ponía
le hacía no caer en el tedio,
y así disfrutar cada día.
Si un día en mi casa yo,
nuevas ventanas pusiera,
llamaría a Aurelio Sot
pa´ que hiciera una vidriera,
y siempre entraría el sol
aunque en la calle lloviera.
Cuando cambió de colegio
mi hija anduvo algo sola,
subía con su porte regio,
y haciendo como un sacrilegio
se colocaba en la cola
Y entonces hizo una amiga,
debían de tener cinco años,
hicieron muy buenas migas,
no se han hecho nunca daño,
y aquella amistad, qué fatiga,
perdura como oro en paño.
Me alegro, ¡Dios la bendiga
y queden muchos peldaños!
Alicia hace caso omiso
de aquello que la dirija,
encuentra el modo conciso
de escapar por la rendija,
el conejo anda sumiso, y
no hay reloj que ya le aflija,
pues firmó un fideicomiso
antes que ella se lo exija.
Arriba, en el tercer piso,
tenemos nuestra otra hija.
(Esto escribí de improviso,
y que el tiempo lo colija).
Viéndolo ahora de lejos,
¡qué razón tenía el conejo
con sus continuos lamentos!
Nadie oía sus consejos...
¡Qué rápido pasa el tiempo!
¿Dónde está ya aquella niña?
verte crecer me desquicia.
Espero el conejo te riña
igual que hacía con Alicia,
mientras la reina me guiña
y se ríe de mi estulticia.
Crece, ríe, baila, sueña,
coge un paraguas si llueve,
sé de tu vida la dueña,
sé quien los hilos te mueve:
Está vivo quien pergeña,
quien se ilusiona y se atreve.
Y recuerda que tu padre
no te descuida un segundo,
porque por mucho que ladre,
con permiso de tu madre,
yo quise traerte a este mundo.