Me recibió en su despacho
y me dijo ¡Bienvenido!
Me enseñó a atarme los machos
cuando yo era aquel muchacho
recién caído del nido.
Era un jefe peculiar
de presupuestos y cuentas,
que en las reuniones de ventas,
y en proporcion de uno a treinta
siempre se hacía respetar.
Yo no sé porqué razón
a veces iba de adusto
y de enanito Gruñón...
Si me piden mi opinión,
el de Sabio era más justo
La penúltima que lo vi
jugamos una tarjeta,
le pregunté como estaba
y me mandó a hacer puñetas,
con ese cariño de aquellos
que me llamaban Chaqueta:
¡Joder, juguemos al golf!
¿Estamos a Rolex o a setas?
Supongo que allí arrriba
no cuadran los presupuestos,
y han llamao !Nobleza obliga!
a quien arregle los tiestos,
y han dejado al Sr Rivas,
y no hace falta que lo escriba,
huérfano, solo y compuesto.
Y ver a Zape sin Zipi
es algo que yo detesto.
Mi abuelo Antonio era un genio,
un genio de los de antes.
Tenia unas manos enormes
y le encantaba Cervantes.
Una cara de buena persona,
un bigote bien recortado
y una sonrisa en su cara
que le iba de lado a lado.
Murió cuando yo era pequeño,
no tendría más de doce,
pero se me quedó grabado
aunque él lo desconoce.
Fue algo del corazón,
que no le cabría en el pecho.
El debía tener dos:
el izquierdo y el derecho.
Tuvo muchas profesiones
y recorrió media España
la huella de sus viajes
es una tela de araña.
Emprendía muchas cosas
pero nunca tuvo suerte.
Se caía y se levantaba.
Mi abuelo era muy fuerte.
Con mi abuela crió cinco hijos
en la España de posguerra
cuando el hambre era hambre
y una peseta una perra.
Cuando volvía del trabajo
se daba un capricho mundano.
No vi a nadie tan feliz
con una cerveza en la mano.
Se liaba los cigarros
con aquellas grandes manos.
El cigarro era un pitillo
y los dedos, cinco habanos.
Para no haber estudiado
casi nada en el colegio,
mi abuelo era muy culto,
ese fue su privilegio.
El Quijote se sabía
mejor que el propio Cervantes
si hubiese tenido otro hijo
le hubiera llamao Rocinante.
Le encantaba el buen humor
y tenía muy buenos puntos;
de él decían que sabía, más
que Ramón y Cajal juntos.
Yo nunca pude decirle
lo que admiro su persona,
ojalá si yo voy al cielo,
me asignen la misma zona.
Y le diré a don Antonio
que aunque fue poco tiempo,
recuerdo de él un cariño
que siempre he llevado dentro.
Y que aquel niño con pecas
y con pinta de carajote,
hoy lee, relee y sonríe
con su ejemplar del Quijote.
Se fue y ya por fin descansó
aquel hidalgo extremeño.
Ayer por la tarde se echó
y le venció el último sueño.
Lo recuerdo caminando,
andando en todo momento,
con un bastón en la mano
ya lloviese o hiciera viento.
Siempre quise, de mayor,
pasear y andar de contino.
Usted fue un gran mentor
que sin salir del salón
hacía cada tarde el Camino.
Descanse allí arriba Don Juan,
ahora puede andar sin prisa.
Agarrar gorra y bastón
y ponerse su camisa.
Caminar de sol a sol
disfutando de la brisa;
y no pierda la ocasión,
al sentarse en un mojón
o apoyarse en la cornisa
de bajar la vista al Sol
y obsequiar con su sonrisa.
1 de marzo de 2018